Cap 22. Monstruociudad II: agostado

La ciudad en agosto me da miedo. Pavor. Tengo la sensación de haberme equivocado de película. El escenario es el mismo, al menos muy parecido, creo. Puede ser que normalmente no me fijo tanto porque todo está normal y ahora lo miro porque la situación ha cambiado. Tengo miedo ¿Siempre estuvo esa farola ahí? Quizá me haya confundido de película. Quizá mi rodaje acabó o suspendieron la producción y no me han avisado. Siempre soy el último en enterarme. Lo que sí sé es que del reparto original no queda nadie. Todos han marchado. Sólo queda el quisquilloso kiosquero cargado de razón del kiosko de un poco más allá calle arriba. Me detesta y lo detesto. Sólo una vez hablamos y nos gritamos y nos insultamos, y yo soy un hombre pacífico, sosegado, de pocos gritos. Todos los demás ya no están. Trosky tampoco. He ido a comprar el pan y no he saludado a nadie. Normalmente voy a comprar el pan a la mañana y me encuentro a uno y a otro. Por lo menos a tres personas. Y con una comentas la película que te recomendó, a otra le  tienes que hacer comprender que no tienes una opinión formada sobre el once inicial idóneo para afrontar el partido de copa, y cómo te vas a negar a tomar un cafecico, y la cosa está fatal, y al final comprando el pan y algún recado más ya has echado la mañana. Hoy he descubierto que la panadería está exactamente a dos minutos veinte segundos andando más bien lento. Bueno, la panadería ya no está, ahora es una tienda de menaje y vajilla. Pero de eso no tiene la culpa el agosto. Eso pasa mucho en esta ciudad últimamente, sobre todo en el casco antiguo, y también en San Nicasio, que está aledaño al casco. Si estuviera Trosky le contaría lo que me pasó el otro día en una calle de las más viejas de Villahumos. Fui a comprar un cuarto de lentejas y cuando me preguntó el tendero que de cuáles yo le dije que de las pardinas, de las pequeñicas y bastante oscuras, a lo que él me respondió muy amablemente que lo sentía mucho pero que esa tienda ahora era una mercería.

- Vaya -dije extrañado-, hace tiempo que no me topaba una.

- Uy, pues ahora es fácil. Se han puesto de moda, en esta calle lo menos hay siete.

- Pues deme un par de calzoncillos finos y una camiseta de interior. Ya sé que estamos en agosto, pero no quiero desaprovechar…

- Se lo daría gustoso, señor, pero esto es una relojería, ¿acaso no lo ve?

- Tiene usted razón. Poco ha durado la mercería.

- Demasiada competencia. ¿Quiere algo?

- ¡Jopeta! Ha sido montar una relojería y entrarle de pronto las prisas.

- Dígame qué quiere.

- Pues es que reloj no uso.

- No se pleocupe, tenemos lelojes y no-lelojes. ¿Qué quiele usted? Tenemos de todo, balato.

- Oiga, y no tendrá uno de esos horribles marcos de fotos digitales. Es que tengo un amigo que me cae fatal y la semana que viene es su cumpleaños…

- Y lo quiere tostado o de media cocción.

- ¡No me diga que ahora es una panadería!

- Pues no se lo digo, pero lo es.

- Pues deme una grande y una docena de carquiñoles. Lo que me apena es irme a casa sin las lentejas.

- ¿Lentejas? ¿Cuántas quiere?

- ¿Que ahora es una frutería?

- No, es una panadería, pero con la crisis los comercios nos hemos visto obligados a diversificar nuestra oferta. No hay panadería que no disponga de legumbres.

- Pues deme un cuarto de la pardina.

- Si quiere se las puedo financiar a tres, seis o nueve meses con un tanto por ciento TAE…

Lo dejé redactando una hipoteca y me fui a casa con Trosky. Porque esto sucedió antes de que se fueran Trosky y todos los demás que normalmente están en la ciudad (excepto el quisquilloso kiosquero). Después las calles se poblaron de extraños extravagantes seres que andan despacio enfocando los aleros de los tejados con aparatosas armas de fotografiar. Pálidos, o enfermizamente tiznados, con niños correteando a sus pies y un folleto del museo diocesiano asomando por el bolsillo del culo del jean. Me dan miedo. He visto a siete fotografiando al unísono una butifarra. Salí corriendo y me dirigí a un barrio menos céntrico en busca de refugio. Lo que he visto allí ha sido peor: nadie. Ni turista ni no turista: ¡nadie! Desolación. Me falta el aire, vuelvo a San Nicasio. ¡Oh, dios: una familia al completo juega a contar dientes a los yonkis! This one only three, dice el padre de familia, I’m the winner. No puedo más, necesito hablar con alguien que me comprenda. Subo calle arriba hacia el kiosco.

- Me da el periódico, por favor.

- Tome.

- ¡Por dios, esto no!

- Es el único que tengo.

- Pues es pura bazofia fascista.

- Pues si no te gusta vete a comprar panfletos de etarras a otro sitio. Este es un kiosco decente

- Este es un kiosco de mierda…

- Perdon, señor.

- ¿Quién es usted? ¿De qué árbol se ha caído?

- ¿Ser usted joven delincuente de barrio marginal?

- Están todos locos, ¡no me apunte con eso!

Salgo corriendo perseguido por quince turistas arengados por el quisquilloso kiosquero que les grita ¡acabar con esa basura roja! Consigo cerrar la puerta de casa, los turistas sueltan contra la fachada ráfagas de flashes. En el buzón una postal ¡de Trosky! Oh, cuánto te echo de menos. En la misiva se puede leer con letra impresa: Estando en lo alto de la Torre de Todolomira me acordé de ti, y firmado: TROSKY. Por lo menos podía haber tenido la decencia de escribir él mismo una carta.

Cap 21. We can be heroes

Hoy me he levantado con un bajón que esto no lo endereza ni Bowie. Menos mal que ayer no reflexioné con exceso, si no hoy ni me levanto, ni me visto, ni me acerco al colegio a votar. No es porque sí que meten las urnas en los colegios. Tampoco es para que aprendan educación y conocimiento del medio como piensa mi perrico Trosky. Un votante botarate, con sus sufragios en un bolsillo de la camisa, anda por un pasillo empapelado con dibujos de trazos torpes con colores que se pasan de la raya y se siente invadido de futuro. El votante agudiza su sentido de la responsabilidad al ver esas batas enanas manchadas de pintura de dedos en perchas colocadas a 80 centímetros del suelo. Y, al dirigirse a la urna, tiene el votante que esquivar unos pupitres diminutos con sillitas como para sentar a un  ratón, y se siente enorme, gigante, y su voto de pronto podría ser como la canasta encestada sobre la bocina del último cuarto. Así que no es como piensa Trosky y las urnas siguen yendo al colegio porque siempre repiten aritmética. No. Antes podría ser para facilitar al votante una regresión a la infancia que le permita verse de repente con una carta color salmón para los Reyes Magos. ¿Y este sobre blanco? Para Papá Noel. Digo.

- ¿Y entonces te sentaste en las rodillas de la presidenta de mesa y le besaste en la mejilla?

- Después de compartirle mis deseos.

El votante botarate que soy yo explica a su perrico la experiencia del voto ya que la Junta Electoral ha vuelto a negar el acceso a los cánidos por muy civilizados que estos sean.

- Pues mira -prosigo mientras vamos del colegio a la plaza-, por un momento pensé a quién votar, pero al final vote a los de siempre con la misma indolencia de últimamente. Los nacionalismos volvieron a tentarme, diablos, con sus discursos guillermotelianos, pero como confundir identidad con ideología siempre me parecerá una desfachatez, pues ahí se quedaron.

- ¡Puaf! -me rebate Trosky- La misma idiotez que confundir ideología con identidad. El voto es absurdo lo mires como lo mires. Por eso yo me mantengo incólume en mi postura abstencionista. ¡Señora, de media vuelta! ¡No les vote! ¡Se da cuenta de qué tipo de democracia va usted a legitimar con su voto! ¡Menuda papeleta!

- Trosky, por favor, no des la nota. Si no puedes votar, pues te chinchas y te aguantas.

- El gran error del sistema es negar el voto a los perros y a los niños. De hecho, los niños deberían ser los únicos con voto, hasta los doce años, no más. Salga quien salga hoy de alcaldico jamás superará la gestión que podría hacer el insigne Calamardo.

Con semejante sentencia llegamos a la plaza, donde Gaznápiro y Urticaria observan a prudente distancia a los acampados.

- Nuestro objetivo es que si pasa alguien pueda decir: mira a estos dos -explica Gaznápiro-, a su edad y todavía con ímpetu para participar en las revueltas juveniles.

- Pero al mismo tiempo, si algún proletario auténtico como nosotros nos cuestiona -añade Urticaria- siempre podremos objetar: ¡Qué! ¡Nosotros participar de esta mascarada pequeñoburguesa!

- La misma estrategia seguimos en el 68, fuimos a París y nos quedamos en Orleans.

Trosky se muestra acorde con el sentir gaznapirourticario:

- Yo tampoco participaré nunca en una revuelta que no sea tremendamente burguesa. ¡Burguesérrima!

Yo pienso que el escepticismo nos sienta tan mal. No el escepticismo de pensar que todo deberá ser cribado por la autocrítica, de que toda ideología absoluta es absolutista, sino el que nos hace temer tanto la decepción que nos impide emocionarnos. Eso no es escepticismo sino catastrofismo.

- Llevo tanto tiempo afirmando en esta sociedad de mierda es tan imposible que se de un movimiento de verdad que ahora que sucede me niego a verlo -dice Gaznápiro.

- Te ha subido el vermú, compadre, no te dejes arrastrar por sus ansias de botellón, nosotros somos los que estamos sin estar, los que somos capaces de mirar con fraternidad y superioridad a un tiempo -se alarma Urticaria.

- Tanto hemos arreglado el mundo en charreta de bar -lloriquea Gaznápiro- que olvidamos que había vida más allá de la barra. ¡Dios, si hasta me parece que llevo el taburete pegado en el culo!

- Es que llevas el taburete pegado en tu culo gordo -dice Trosky por el megáfono-, y ¡deja de dar vueltas sobre ti mismo que ya has dejado a tres cojitos!

Porque entre una cosa y otra, y sin saber cómo ni por qué, Trosky ya se ha hecho con el megáfono, lo que demuestra la debilidad de este movimiento, que amplifica la voz a un bicho veleta con conocimiento disuelto como mi perrico Trosky. A ver qué dice.

-Posiblemente lo que yo diga les parecerá una tontería, porque yo no solamente soy un perro, sino que, además, soy un perro tonto, pero como yo sé que después de mi vendrán perros más listos que yo, e incluso alguna persona inteligente, que también debe haberla digo yo, que dirán cosas inteligentes, entonces, qué más da que yo no tenga nada muy importante que decir. Y yo solamente voy a decir naderías sin ton ni son porque la razón de que yo esté aquí es que estoy harto de mi dueño y de sus amigos. Porque  tengo un dueño sumamente aburrido, con un miedo terrible a ser o parecer poco inteligente, y un sentido del ridículo que le ha acogotado los huesos, porque el sentido del ridículo es un mecanismo de control atenazante, esterilizador y, lo que es peor, ¡aburrido!

En todo esto Gaznápiro y Urticaria ya han cogido papel y rotulador y han hecho sus dos pequeñitas pancartas. “Como decía Bowie: We can be heroes”, dice la de Gaznápiro. “Ibamos a París, pero ya nos hemos pasado tres pueblos, y lo que te rondaré”, ha escrito Urticaria.

Cap 20. Gaznápiro y Urticaria

- ¿Qué fue antes: Ho Chi Min o las zanahorias?

- Todo comenzó con las sardinas, amigo Trosky- responde Rafa, el camarero malagueño de La Tasca Vasca-, todo comenzó con las sardinas -repite en tempo de ensoñación, como si hablara en una nebulosa.

A mí me gustaría tomar tranquilo el café y esta copita de orujo que me he pedido para leer tranquilo el periódico del jueves (si alguien me garantiza que el periódico de hoy es mejor que el de antes de ayer se lo compro), pero Gaznápiro y Urticaria discuten con bien de volumen apoyados en la barra y así no hay quien se pueda concentrar.

- Convendrá conmigo, amigo Gaznápiro, que no hay mal que por mal no venga, y quien roba a un ladrón tiene cien años de prisión.

- Convendré consigo, amigo Urticaria, cuando usted me convenza,  pero todavía no me ha presentado ningún argumento válido.

- Pero si ayer mismo se lo presenté: argumento, Gaznápiro; Gaznápiro, argumento.

- Pero el argumento tenía ojeras y síndrome de pirulaí, era más inválido que mi cadera la de la abuela rota.

Pero querrán callarse de una vez.

- Cuéntame, Rafa, cómo fue -pregunta Trosky con ansiedad canina al camarero malagueño mientras observa absorto a los dos ancianos que no cesan en la contienda.

- Pues todo comenzó con las sardinas -rememora Rafa-, que si las de cubo las inventó Franco, pero el otro decía que Franco no pasaba de cuadrado, y luego derivaron en las hipotenusas, que son más gordas en el cantábrico, aunque eso Gaznápiro no lo podía admitir sin antes irse a pescar al golfo Pérsico, y per si acaso Urticaria diferenció los diferentes tipos de gordura: mórbida y placentera, llegando a la conclusión de que Gaznápiro era un obeso ambiguo.

- Yo no estoy gordo -grita Gaznápiro interrumpiendo la charla de Rafa y la propia.

- Si prefieres gordito… nosotros no pondremos impedimento -concede Trosky.

- Ni gordo, ni gordito, ni fuertecito. Yo me miro al espejo y me veo bien, me da igual lo que digáis los demás.

- Estamos –concluye Trosky con voz de detective televisivo que destapa los farragosos misterios de un crimen- ante un caso evidente de anorexia inversa.

- Convendrá conmigo, amigo Gaznápiro -irrumpe Urticaria-, que las bolsas que le cuelgan desde la panza podrían denominarse inequívocamente lorzas.

- Esto es salud, amigo Urticaria, y enfermedad lo que se esconde en sus profundas fosas intercostales- responde Gaznápiro y los dos abuelos vuelven a enfrascarse en una engorrosa discusión.  Por su parte, Rafa reanuda el relato de los hechos a Trosky:

- El debate sobre las hortalizas llegó más tarde. Fue torrencial, memorable, todavía se recuerda en todas las tascas del barrio. Ninguno de los dos daba su brazo a torcer, que si la zanahoria vencerá, decía uno, mientras el otro argumentaba su inquebrantable adhesión al nabo.

- ¡Guau! –exclama Trosky en lo más parecido que le he escuchado a un ladrido- Deben llevar mucho tiempo tertuliando.

- Entre tertuliando y de charreta llevan ya ni se sabe -explica Rafa-. Dicen que Gaznápiro nació en ese mismo taburete cuando todavía los bares no tenían televisión.

Y Trosky repite guau, y Urticaria señala las mollas de la geografía gaznápira, y su contrincante resalta el valor calorífico de los lípidos, y Rafa recuerda aquella discusión sobre si Ho Chi Min habría sido por su estatura un gran jugador de petanca, y Urticaria pide una ración de banderillas, y Gaznápiro diserta sobre la perfecta colocación de la guindilla en una brocheta de encurtidos, y

- ¡Basta! -interrumpo para lograr una décima de silencio sin haber conseguido enterarme de nada de lo que pasó el miércoles- Todavía no habéis hablado del acontecimiento más significativo de hoy: hoy es el cumpleaños de Trosky.

- Pero, hombre… -dice Gaznápiro.

- Pero, perro -corrige Urticaria.

- No nos habías dicho nada. ¡Felicidades, chucho! Una ronda para celebrarlo. ¿Y cuántos caen?

Este es el momento que yo estaba esperando. Silencio. Trosky odia cumplir años, no le gusta hablar del tema. No sabe contestar, no le surge ninguna evasiva, se queda paralizado. Tras varios minutos incómodos (para mi gloriosos) de miradas, el propio Gaznápiro le saca del atolladero.

- No te preocupes, perrico, ya sabes lo que se dice: en la cama y en los años lo importante es cumplir.

Y el perro repite guau, y esta vez parece una cosa entre ladrido y tristeza, y da vueltas sobre sí mismo despacio, vueltas como para abrir una fosa en el terrazo del suelo, y se queda tumbado hecho un círculo. Con el morro sobre las garras resopla una canción de una sola nota y un largo silencio en el que todos quedamos contemplando la melancolía canina que desprende su mal envejecer.

Siento haber sacado el tema, perrico tonto, yo pensaba dejar tu aniversario en el anonimato,  pero era la única forma que tenía de escapar de este barullo.

Cap 19. Cuartos traseros

Sólo he dicho, señor mío, que usted se parece a un huevo, y ya sabe usted que hay huevos que son muy bonitos

Alicia

Trosky, sentado sobre sus cuartos traseros, no es más feliz que completamente desparramado, pero sí más ridículo, si cabe. Te quieres morir cuando intenta rascarse la oreja con la pata cual Ideafix. Daño hace verle. El caso es que se desequilibra, no quiere acercar la cabeza a la pata sino estirar el cuello como para morder una nube y se desequilibra. Pierde la base al alzar un poquillo la garra por lo que vuelve a posarla, pero cabezón como es lo intenta de nuevo, y ahora un poquito más arriba, y mira que ya alcanzamos la pechera, y un poco más y al garganchón, la última intentona y ¡zasca!, acaba desparramado en el suelo, y es más feliz que sentado sobre sus cuartos traseros con las patas delanteras estiradas, y lo mismo de ridículo queda. De hecho, bien repantingado en el sofá o diluyendo sus miembros sobre cualquier superficie mullidita, es un perro bastante feliz. Muy feliz si su sopor se debe a una trabajosa digestión de leguminosas. Entonces ¿para qué levantarse?

- Eso digo yo -replica Trosky despanzurrado en el césped del parque. Las hormigas le hacen cosquillitas trepando por su hocico.

Por eso ayer, cuando encontramos a ese hombre tirado en la acera a la vuelta de nuestro paseo nocturno, el perrico ni se inmutó.

- A qué viene esa cara de espanto -me dijo-, está durmiendo como un campeón.

Como yo no tenía claro que respirara lo zarandeé, y lo volví a zarandear hasta que se removió farfullando.

- ¿Qué ha dicho? -pregunté saltando del susto. El tipo permanecía boca abajo y yo no sabía si había reproche, delirio o reclamo de auxilio en ese gromf guormf rfmmfg que oía. Trosky se acercó husmeándole con su hocico por arriba y por abajo. El hombre parecía reír en ronquidos.

- Dice algo de dormir, algo de una mona y algo de a tomar por el culo de aquí, idiota -tradujo Trosky, y avanzamos.

- Como dijo Ho Chu Noik: “Nadie se acuerda de los chinos cuando pierden a la máquina” -se filtra por entre los dientes de Trosky que casi ni mueve la boca de tan despanzurrado que se encuentra sobre la hierba del parque. Las hormigas le hacen cosquillitas trepando por su hocico.

Yo no sé si Ho Chu Noik dijo o no tal cosa, si acaso existe o existió, pero razón no le falta. El caso es que el hombre con el que tropezamos ayer duerme todas las noches en nuestra calle, y casi siempre en estado de viaje, pero las más de las noches yo ni lo veo porque se acuesta en unas escaleras que bajan al muelle. Otras noches sí lo veo, pero esa silueta en la sombra, recogidita en un portal, no me inquieta. Así que lo que me alarmó fue que estuviera en la acera bien estirado y no en una de sus habituales ubicaciones, medio metro más allá. Lo que me alarmó fue el fresco de las noches de verano.

- Como dijo Shopenhauer –señala Trosky silbando una risita-: “¡Qué placentera esta hierba!”

Y puede ser que lo dijera, yo no lo niego, pero:

- Tú te estás cachondeando de mí, eh Trosky, anda levanta que nos vamos a casa.

- Como dijo Kierkegaard: “Creo que voy a tardar en levantarme”

- Y como dijo mi padre: “O te levantas o te levanto”

- Sí claro, y me vas a decir que tu padre es más listo que Søren -responde sin mover un músculo y permitiéndose una patética familiaridad con el filósofo-. Además que ya lo dijo San Agustín de Ipanema: “Deja tranquilo al perrico, anda”.

- Será de Hipona.

- El caso es que lo dijo, y éste además de filósofo es santo, así que doble autoridad.

- Pues me alegro, pues aquí te quedas riéndote con tus hormigas, yo me voy a merendar a la tasca. Ya aparecerás si quieres, y si no, esta vez yo no te saco de la perrera. Lo que no me explico es que ni la tentación de la merienda te mueva.

- Ay, Carahuevo, que escasa cultura la tuya. Si ya lo dijo Descartes: “Cogollito, ergo sum”.

Ahora lo entiendo todo, mucho husmeabas tú ayer. Trosky, chucho rastrero, está muy feo robarle el desayuno a un necesitado.

Cap 18. El viaje de la Ida y la Vuelta

Prueben, como yo,

a darse vuelta como un guante

y ser todo labios

Vladimir Maiakovski

- Estoy ida, desde que me vence el amor estoy que me voy, que ya me he ido ida vaya, digo -dice Carolina, apodada la Ida, cada vez que le da el aire fresco en la cara y abre en órbita los ojos que parecen dos pompas de jabón hechas con hula hop.

Tiene Carolina la Ida un desparpajo que abruma a Trosky, una travesura en los ojos que asusta a Trosky, y los dientes blancos y afilados. El pelo lila liso le cae hasta las cejas por delante y por detrás hasta la tercera dorsal. Con esto del fútbol se levantó un moño y lo coloreó de rojo porque dice que es hasta donde está. Hace poquito nada ha emprendido un viaje con su amiga Margarita la Vuelta.

- Desde que me dio el amor en la cara con toda la jeta –dice Margarita- tengo por el pecho andándome un ciempiés. Prueben, como yo, a darse vuelta como un guante y ser todo labios.

Tiene la Vuelta carne roja en la boca más que la Pampa argentina, una tribu africana son sus labios que, de paso quede dicho, sólo sueltan delicadezas. Hace apenas dos párrafos emprendió un viaje con su amiga Carolina. Partieron por un camino de piedras que hay entre la carretera y el río. Poco convencido, Trosky las acompañaba.

- Carahuevo, la Vuelta y yo quisiéramos llevarnos al perrico de viaje.

- Sin problema. Siempre que me prometáis que tardaréis en volver. Ahora mismo se lo comunico al chuchopulgas.

- Yo no me voy con esas pelandruscas.

- Trosky, no seas así.

- Que no, que llenan el camino de babas. Empezarán con arrumacos, besuqueos y sudoraciones en cualquier parte del camino con un mínimo de soledad. Como yo sólo soy un perro no se cortarán, me las conozco.

- Vaya, no sabía yo de tus fobias homosexuales.

- ¡Carahuevo! ¿Va a bajar Trosky o no?

- Ya mismo baja.

- ¡Qué fobias homosexuales ni qué rábano en rodajas! Lo mío son fobias sexuales. No me importa quién se rechupetee con quién. Pero cualquier demostración de cariño más allá del rascar tras la oreja debería proscribirse en los espacios públicos. Incluso en los privados. Al menos las relaciones homosexuales no tienen el peligro de engendrar más especímenes de plaga en el planeta. La homosexualidad no es un virus como algunos dicen, sino el medicamento con el que la Tierra pretende evitar la metástasis del cáncer de humanidad.

- Neguentropía.

- Abrazafarolas.

- ¿Qué?

- Tú me has insultado primero.

- ¡Trosky, baja ya, estamos perdiendo minutos de sol!

- Hay un pequeño problema, Ida.

- ¿Qué pasa, Carahuevo?

- Pues que Trosky se ha puesto filósofo cavernícola.

- Me da lo mismo que sean sarasonas, pero es que estas dos chicas están locas, locas, locas hasta la rematadera.

Hace tiempo la Ida y la Vuelta eran dos chicas de lo más normal, eso se dice en el barrio. Pero un día escucharon al Papa de Roma decir que la homosexualidad es una enfermedad, una enfermedad mental, y dada la infalibilidad papal… además que todo esto les pilló al tiempo que la adolescencia. El caso es que desde entonces no han dejado de bailar, de loquear, de dejar tras sus pasos un rastro de perdigana.

- Deja ya de tontadas, Trosky, sal a la ventana a hablar conmigo directamente, y no me hagas repetir que se me está quedando la voz de camino a la buhardilla.

- Que no voy, Ida, que no voy con vosotras.

- ¡Con lo bonito que te rascamos!

- Eso sí, eso tengo que admitirlo, pero me hacéis pasar una vergüenza con vuestras estridencias.

- Pero si no sabes adónde te queremos llevar. Nos vamos a pasear por 1933, allí no te conoce nadie.

- Por allí no estado, no, pero la tía Manuela sí y dice que no es lugar para un ornitorrinco.

Y toda esta discusión que Trosky podría haber dilatado hasta la afonía la zanjó la Vuelta en una sentencia:

- Perro del capricho, ¿no ves que sin tu hocico husmeando igual nos desviamos y llegamos a 1393 y hacen de nosotras brasica de bruja, o al 3193 y nos extinguimos rápido bajo el ardiente sol?

Es más de lo que Trosky puede denegar, la voz de la Vuelta, aunque sepa que el argumento es inventado, y ahí los ves a los tres andando entre la carretera y el río camino de 1933. Lugar: la Barcelona que vivió (en vida e imaginación) el joven Jean Genet.

En las revueltas de aquel año, los rebeldes redujeron a escombro de chapa el mingitorio situado junto al puerto y el cuartel, uno de los más sucios pero de los más queridos por los chaperos del Barrio Chino de la ciudad Barcelona, y sobre todo por las Carolinas.

Las criaturas proscritas a la noche, a la turbiedad de malsanos prostíbulos, a los meaderos corroídos e insalubres, a los cuartos cochambrosos de las muchas pensiones, a los recovecos oscuros de muelles roedores, salieron en mondrigona procesión bajo un sol que casi no las reconocía a llevar un ramo de rosas rojas anudado con un velo de crespón al solar del meadero destruido. No todas, fueron como una treintena de las que una de ellas llama las Carolinas. Ataviadas con chales oscuros con alguna claridad en el antaño, ataviadas con máscaras de revocado maquillaje, ataviadas con largos y circulares postizos en las pestañas, ataviadas con largos y pendulares abalorios en las orejas, ataviada una de ellas con un macaquillo ahora en el hombro ahora sobre la cabeza, ataviadas con la extraña dignidad de mostrarse con la salida del sol en la forma en que se sabían despreciadas, partieron ruidosamente del Paralelo, atravesaron la calle San Pablo, y fueron, Rambla de las flores abajo, hasta la estatua de Colón.

Alguno que sabía que tenía que estar dentro observaba la romería desde la muchedumbre irónica e indulgente que se divertía con el cortejo fúnebre y rocambolesco. Los gritos avinagrados, los clamores al cielo por el mingitorio portuario donde sacaban dos cuartos a militares noctámbulos y a barbudos lobos de mar y donde muchas veces eran saqueadas o debían rendir tributo a chulos pendencieros para evitar una paliza, no tenían, a juicio de ese alguno que observaba, que era el propio Genet, otra finalidad que la de querer traspasar la capa de desprecio del mundo. Las Carolinas eran grandes. Eran las hijas de la vergüenza.

(Fuente: Diario del ladrón de Jean Genet. Las cursivas son citas textuales de la traducción de Mª Teresa Galllego e Isabel Reverte)

El viaje de la Ida y la Vuelta

Prueben, como yo,

a darse vuelta como un guante

y ser todo labios

Vladimir Maiakovski

- Estoy ida, desde que me vence el amor estoy que me voy, que ya me he ido ida vaya, digo -dice Carolina, apodada la Ida, cada vez que le da el aire fresco en la cara y abre en órbita los ojos que parecen dos pompas de jabón hechas con hula hop.

Tiene Carolina la Ida un desparpajo que abruma a Trosky, una travesura en los ojos que asusta a Trosky, y los dientes blancos y afilados. El pelo lila liso le cae hasta las cejas por delante y por detrás hasta la tercera dorsal. Con esto del fútbol se levantó un moño y lo coloreó de rojo porque dice que es hasta donde está. Hace poquito nada ha emprendido un viaje con su amiga Margarita la Vuelta.

- Desde que me dio el amor en la cara con toda la jeta –dice Margarita- tengo por el pecho andándome un ciempiés. Prueben, como yo, a darse vuelta como un guante y ser todo labios.

Tiene la Vuelta carne roja en la boca más que la Pampa argentina, una tribu africana son sus labios que, de paso quede dicho, sólo sueltan delicadezas. Hace apenas dos párrafos emprendió un viaje con su amiga Carolina. Partieron por un camino de piedras que hay entre la carretera y el río. Poco convencido, Trosky las acompañaba.

- Carahuevo, la Vuelta y yo quisiéramos llevarnos al perrico de viaje.

- Sin problema. Siempre que me prometáis que tardaréis en volver. Ahora mismo se lo comunico al chuchopulgas.

- Yo no me voy con esas pelandruscas.

- Trosky, no seas así.

- Que no, que llenan el camino de babas. Empezarán con arrumacos, besuqueos y sudoraciones en cualquier parte del camino con un mínimo de soledad. Como yo sólo soy un perro no se cortarán, me las conozco.

- Vaya, no sabía yo de tus fobias homosexuales.

- ¡Carahuevo! ¿Va a bajar Trosky o no?

- Ya mismo baja.

- ¡Qué fobias homosexuales ni qué rábano en rodajas. Lo mío son fobias sexuales. No me importa quién se rechupetee con quien. Pero cualquier demostración de cariño más allá del rascar tras la oreja debería proscribirse en los espacios públicos. Incluso en los privados. Por otra parte, al menos las relaciones homosexuales no tienen el peligro de engendrar más especímenes de plaga en el planeta. La homosexualidad no es un virus como algunos dicen, sino el medicamento con el que la Tierra pretende evitar la metástasis del cáncer de humanidad.

- Neguentropía.

- Abrazafarolas.

- ¿Qué?

- Tú me has insultado primero.

- ¡Trosky, baja ya, estamos perdiendo minutos de sol!

- Hay un pequeño problema, Ida.

- ¿Qué pasa?

- Pues que Trosky se ha puesto filósofo cavernícola.

- Me da lo mismo que sean sarasonas, pero es que estas dos chicas están locas, locas, locas hasta la rematadera.

Hace tiempo la Ida y la Vuelta eran dos chicas de lo más normal, eso se dice en el barrio. Pero un día escucharon al Papa de Roma decir que la homosexualidad es una enfermedad, una enfermedad mental, y dada la infalibilidad papal… además que todo esto les pilló al tiempo que la adolescencia. El caso es que desde entonces no han dejado de bailar, de loquear, de dejar tras sus pasos un rastro de perdigana.

- Deja ya de tontadas, Trosky, sal a la ventana a hablar conmigo directamente, y no me hagas repetir que se me está quedando la voz de camino a la buhardilla.

- Que no voy, Ida, que no voy con vosotras.

- Con lo bonito que te rascamos.

- Eso sí, eso tengo que admitirlo, pero me hacéis pasar una vergüenza con vuestras estridencias.

- Pero si no sabes adónde te queremos llevar. Nos vamos a pasear por 1933, allí no te conoce nadie.

- Por allí no estado, no, pero la tía Manuela sí y dice que no es lugar para un ornitorrinco.

Y toda esta discusión que Trosky podría haber dilatado hasta la afonía la zanjó la Vuelta en una sentencia:

- Perro del capricho, ¿no ves que sin tu hocico husmeando igual nos desviamos y llegamos a 1393 y hacen de nosotras brasica de bruja, o al 3193 y nos extinguimos rápido bajo el ardiente sol?

Es más de lo que Trosky puede denegar, la voz de la Vuelta, aunque sepa que el argumento es inventado, y ahí los ves a los tres andando entre la carretera y el río camino de 1933. Lugar: la Barcelona que vivió (en vida e imaginación) el joven Jean Genet.

En las revueltas de aquel año, los rebeldes redujeron a escombro de chapa el mingitorio situado junto al puerto y el cuartel, uno de los más sucios pero de los más queridos por los chaperos del Barrio Chino de la ciudad Barcelona, y sobre todo por las Carolinas.

Las criaturas proscritas a la noche, a la turbiedad de malsanos prostíbulos, a los meaderos corroídos e insalubres, a los cuartos cochambrosos de las muchas pensiones, a los recovecos oscuros de muelles roedores, salieron en mondrigona procesión bajo un sol que casi no las reconocía a llevar un ramo de rosas rojas anudado con un velo de crespón al solar del meadero destruido. No todas, fueron como una treintena de las que una de ellas llama las Carolinas. Ataviadas con chales oscuros con alguna claridad en el antaño, ataviadas con máscaras de revocado maquillaje, ataviadas con largos y circulares postizos en las pestañas, ataviadas con largos y pendulares abalorios en las orejas, ataviada una de ellas con un macaquillo ahora en el hombro ahora sobre la cabeza, ataviadas con la extraña dignidad de mostrarse con la salida del sol en la forma en que se sabían despreciadas, partieron ruidosamente del Paralelo, atravesaron la calle San Pablo, y fueron, Rambla de las flores abajo, hasta la estatua de Colón.

Alguno que sabía que tenía que estar dentro observaba la romería desde la muchedumbre irónica e indulgente que se divertía con el cortejo fúnebre y rocámbolesco. Los gritos avinagrados, los clamores al cielo por el mingitorio portuario donde sacaban dos cuartos a militares noctámbulos y a barbudos lobos de mar y donde muchas veces eran saqueadas o debían rendir tributo a chulos pendencieros para evitar una paliza, no tenían, a juicio de ese alguno que observaba y que era el propio Genet, otra finalidad que la de querer traspasar la capa de desprecio del mundo. Las Carolinas eran grandes. Eran las hijas de la vergüenza.

(Fuente: Diario del ladrón de Jean Genet. Las cursivas son citas textuales de la traducción de Mª Teresa Galllego e Isabel Reverte)

Cap 17. Nocturno de Chuchófeo

Con el árbol de muñones que no canta

y el niño con el blanco rostro de huevo

Federico García Lorca

Chuchófeo es un lugar lejos de determinismos; respira, Trosky, ya llegamos. Podrías preferir descansar aquí, dar vuelta atrás, incluso no haber partido nunca hacia Chuchófeo, pero explicas tú a la cigarra la derrota cuando nos vea volver vacíos, taciturnos, sin una rima en los bolsillos.

No me mires mohíno, cara de mono. ¿Te obligué yo a emprender el viaje? ¿Te incité siquiera? Sabías bien que este camino es todo noche y aún así, por primera vez en tu vida, como si fueras un perro con dueño, clavaste tus dientes en mis zapatos. Y por primera vez te vi sin carámbanos de barro en la pelambre. Y recuerdo tus primeros pasos bien alzada la cabeza.

Son olmos lo que amuralla nuestro camino, olmos de mudos muñones. Me duele tanto silencio, tengo que agarrarme a un rojo noviembre para continuar andando camino a Chuchófeo. ¿Te he dicho que me da miedo el silencio? Ha de estar enfermo uno para asustarse del silencio. Debe de ser que suena a vacío.

Y tú ahora caminas sin derramar un sonido; perrico orangután, chucho hormigonera, alboroto canino, tú que eres el bullicio hecho mamífero caminas ahora  imprimiendo silencio en el silencio. ¿Crees que los samarugos que habitan los charcos se molestarán si haces demasiado ruido? ¿Temes que te coman las paticas los pececicos? Andas a paso de mansión deshabitada como si quisieras llegar nunca a Chuchófeo; como si quisieras arribar tan exhausto que la meta sólo te permita descansar largos bufidos, alarmas de resuello. Debo admitir también que no dejas de dar paso delante de paso delante de paso. ¿Viste qué tenuemente reposan su luz las estrellas? Tampoco quieren desprenderse de lo suyo. No quieren desgastarse desnudando la senda a Chuchófeo. Y tú no dejas de dar paso delante de paso delante de paso. ¿Qué me dirás cuando te diga que no tiene fin el camino?

Desde que se considera hortaliza el tocino yo también soy vegetariano. Desde que llueve todos los días tengo los pies de fango. Las hienas viejas nos miran con desdentado desdén: tras los olmos brillan sus encías de fuego. Desde que se abolió el miedo yo también soy anarquista y extinguidos los esquiladores puede mi melena adornarme los hombros. Tú no. Tu eres más bravo. Tú sólo continuas paso delante camino a Chuchófeo con tus patas divertimento de pulgas. Y yo te sigo. ¿Qué me dirás cuando te diga que nunca se llega a Chuchófeo? Quizá que la meta es el camino, que la victoria consiste en continuar caminando. Y yo, dudando, te creeré.

Cap 16. Monstruociudad (1): San Niputocasio

Aunque no pueda considerarse un perro normal, Trosky afirma su canicidad alzando una pata y orinando en una esquina de revoque desconchado. Sobre el desconchón puede leerse en letras alargadas: “AKÍ SÍ MOLARÍA UNA FIGURITA FONDONA DE BOTONERO”.

- Es un escultor de culto -le explico a mi perro- que hace una figura y luego la hincha hasta que queda simpática. No hay ciudad que se precie que no plante un botonero en uno de sus paseos. ¿Por qué tienes que dejar siempre rastro en la esquina de casa?

- Es mi contribución urbanística -contesta bajo la sombra del puente de Caracalva. Intento descubrir algún indicio de ironía en su expresión… pero no.

Fue hace no mucho que nuestro querido alcalde (Dios le guarde las hechuras) llegó con sofoco al pleno. Los de Villahumos de Abajo tienen un puente de Caracalva que quita el sentido, dijo a sus ediles. Reconcomidos, aprobaron encargarle al prominente arquitecto una pasarela que duplicara en altura y largura a la de la ciudad vecina. Queremos que nuestra pasarela sea mucho más blanca, que apetezca esquiarla,  escribieron a Caracalva en una carta en la que en lugar de atentamente se despedían: no reparamos en gastos. Al tiempo llegó el artista con su puente y preguntó dónde había que colocarlo, fue entonces cuando el consistorio  se percató de que en Villahumos de Arriba no había río. Algo habrá que merezca la pena traspasar, dijo el alcalde; del departamento de Urbanismo empezó a salir humo.

Fumata blanca: El barrio de San Nicasio (conocido popularmente como Niputocasio) es un suburbio en pleno corazón de la ciudad: un vertedero humano que separa la zona comercial del casco medieval (aunque medieval puede considerarse toda la ciudad, diría más, todo el país, independientemente del concepto de país de cada cual en el que yo no me meto porque no tengo tiempo para conceptos). Teniendo en cuenta que el área comercial es cada día más antigua y el casco antiguo cada día más comercial, apuntó el edil urbanista, sería un acierto poder unirlos por medio de una arquitectura de vanguardia. El concejal de turismo  secundó con entusiasmo la moción.

- Y así fue como tenemos ahora este puente tan bonito sobre nuestras cabezas- explico a mi perro que ha estado siguiendo mi relato con extraña atención, sin dejar de cavilar.

- Están tontos estos del Ayuntamiento -sentencia-, ¡no se les ha ocurrido poner un tranvía sobre el puente!

- Me das miedo, Trosky. No pienso votarte en las próximas elecciones.

Aunque tampoco importara su opinión, la verdad es que la población acogió con agrado el delirio urbanístico, a excepción de las gentes de San Nicasio, que no necesitaban más sombra. Los padres se quedan más tranquilos sabiendo que sus hijos pueden proveerse de drogar sin entrar al desdichado barrio, arreglando la transacción desde el puente con una caña de pescar. Se meten la misma ponzoña, pero al menos ahora no tienen que tratar cara a cara con tanto quinqui, afirmó un hombre cuestionado por un matinal radiofónico. La carne de las chicas sigue siendo accesible por medio de barras de bombero que permiten al usuario descender deslizándose. Pero cualquiera puede deslizarse (desde el Ayuntamiento se recomiendo a la luz del día) para darse un baño de multiculturalidad.

-¿Qué opina de los que piensan que podría intuirse la posibilidad de formación de un gueto en San Nicasio -preguntó un ávido reportero al primer edil.

- Gueto es una hermosa población costera -respondió con hondura-. Sería maravilloso, pero no aspiramos a tanto.

Cap 15. Lo blanco del jamón

- Pero mira qué gatico más majo me ha traído mi nieto Carahuevo. ¿Ey, misino, no le dices nada a la tía Manuela?

Trosky siente auténtica devoción por Manuela, que no es mi abuela sino la vecina del primer rellano. El alzhéimer y la demencia senil la tienen convencida de que yo soy su nieto el de Sallent, alto el Pirineo (debe de ser por lo del piso de arriba), y por eso sólo podemos visitarla dos veces al mes. Si por Trosky fuera tomaríamos con ella todos los días café, pero tengo que cuidar las vacas y el campo. Trosky queda pensativo, concentrado, gesticula extrañamente, espiga la parte anterior de las orejas escondiendo el resto tras la cabeza, arruga el hocico, y finalmente dice: “¡Miau!” al tiempo que se acurruca al lado de Manuela en el sofá ensayando diferentes tonos de ronroneo.

- Si al menos supiera con qué bicho me va a confundir en la próxima visita podría prepararme mejor -me dijo tras la última visita, afónico de barritar.

Ese cariño de Trosky hacia Manuela es algo que no intento comprender. Toda arrugadita como una pasa pálida y torpe de movimientos que la tiene la enfermedad, conserva una insospechada vitalidad y un desparpajo que no puede ocultar su fragilidad. El brutico de mi perro la trata siempre con desconocida delicadeza, es impresionante cómo le lame despacito las manos y la cara, eso cuando no le toca ser una cabra y retoza suavemente su pecho con los cuernos orejas. La vieja se ríe con la boca cerrada escapando unos latigillos graciosos por las grietas de los labios.

Las visitas siguen siempre idéntico patrón, cambiando solamente el rol de Trosky. A mí me toca siempre la peor parte: la tanda de preguntas amorosas.

- ¿Y ya tienes novia?

- Claro, abuela, no recuerdas que te lo conté.

- ¿Y no me la presentas?

- Es que llevamos poco, todavía está vergonzosa.

- ¡Bah! Remilgos que tenga con los padres si quiere, pero con una vieja… Mira que no me quiero morir sin conocer a mi nieta.

Como todas las abuelas tiene que mentar a la muerte al menos una vez en la conversación, pero Manuela no es de esas agoreras que en todo momento tienen a la parca subida a la chepa.

- ¿Y es guapa? -sigue preguntando.

- Más hermosa que un calabacín.

- Será limpia ¿no?

- Bien escoscada.

- ¿Y se come lo blanco del jamón?

- Ni rastro deja.

- Yo, como felino espabilado que soy -interfiere Trosky-, le puedo asegurar que su nieto está en buenas manos. Ni tocino ni magro deja la moza en el plato.

- Pero qué misino galán, si hasta habla en verso- dice Manuela enternecida, arrugando las arrugas que parece se le va meter el rostro para adentro.

Fue extraño cómo empezó el idilio con Manuela. Fue que un día, bajando las escaleras, nos abordó en el rellano del primero asegurándome que era su nieto el de Sallent que venía a tomar café. Yo ya no sabía cómo sacarla del error y me disponía a irme dejándola sola con su coladura, pero a Trosky le hizo gracia que le tomara por una garza y, como el perro tiene debilidad por las aves zancudas, pronto nos vimos dentro. Cuando le entró soñera a la señora nos despidió hasta dentro de 15 días porque, me advirtió, yo bajaba cada dos semanas a la ciudad. Pocas dudas tengo de que nos está tomando clamorosamente el pelo, pero he de admitir que el nuestro es un parentesco de conveniencia. Todos los días, tras la tanda de preguntas y la partida de tute…

- Qué tonta soy, si olvidé comprar café. Esta cabeza de vieja bellota. Pero como tenía un par de huesos os he preparado unos garbanzos con refrito, espero que no le haréis un feo.

- Descuide abuela -maulla Trosky apropiándose la familiaridad-, los gatos decentes sólo tenemos dos principios: no beber vino de cartón y no hacer desprecio a unas buenas legumbres.

- Tienes un gato listo, listo, eh Carahuevo. Creo que es el animal más listo que he visto en mi vida.

- No es para tanto abuela -responde Trosky con fingida modestia-. El que inventó la cebolla, ese sí que era listo, lo mío es simple acervo popular.

Cap 14. Capirotland

Decididamente este no es sitio para un perro,pero yo no pienso perdérmelo, así que no nos vamos a casa. Además resulta imposible moverse un palmo en este mogollón.

- No nos vamos a casa, Trosky.

- Tengo miedo.

Normal que tenga miedo, yo también lo tendría si fuera un cuadrúpedo.

- Mira, Trosky, Ecce Homo va en cabeza seguido a tres costaleros de María Magdalena. Nazareno se ha quedado rezagado y está haciendo tapón, no deja pasar a Última Cena que le va a rebufo.

- Y por qué tanto ruido.

No, hombre, no. Así no. Un poquico de espíritu penitente, por favor.

- Pues la mascletá bien que te gustó.

- Allí no llevaban caperuzas de ku kux klan. Uno me ha mirado; por los aujericos se veían sus ojos bañados en sangre.

- Pero si ese era Iñigo.

- ¿El impredecible? ¿Y de qué se esconde?

- Motivos no le faltan, pero no se esconde.

- ¿Entonces?

- Mira, en los tres últimos pasos ha pasado medio barrio encapirotado.

- Pues habrá que mudarse.

No sé cómo explicarle que no hay escapatoria. Están en todos los sitios. Son más que nosotros y hacen más ruido. Yo ya me he resignado. Además que no resulta fácil escaparse de un paisaje: cuando uno quiere darse cuenta ya forma parte de él. Si en tu paisaje hay una catedral tardo románica, por ejemplo, es más que creíble que vayas a comprar tabaco y acabes en el álbum de un joven alemán. Si está plagado de camellos, lo normal es acabar en el álbum de las fuerzas de seguridad. En la curva de la estación La Dolorosa adelanta tres pasos de golpe y se dirige como una saeta hacia las procesiones de cabeza. Al estamparse contra un chaflán, La Oración en el Huerto ha dejado en la calzada un reguero de hojas de olivo.

- ¡Santa María Purísima! ¡Qué emoción! ¿No te eriza los pelos tanto misterio, Trosky? ¿Trosky?

Habrá ascendido en cuerpo y alma a la buahardilla. Levitando, digo yo, porque el tránsito por tierra está imposible.

- Disculpe, señor, ¿ha visto largarse al chucho que estaba conmigo?

- Calla, hombre, que entrán en la recta final. ¡Aaaay!

- Flagélese con más cuidado, coña, que casi me da.

No sé qué demonios pinto yo aquí, quién me habrá convencido de que esto podía tener algún interés. A mí, que soy más de amen que de amén. La puñetera admiración de algunos artistas por el misticismo de la Semana Santa. Seamos sinceros, a mí no me mueve nada  por dentro; por fuera sí me mueve pero contra mi voluntad. Dejen de empujar, puñeta.

- Señora: eso que tiene en el codo es mi ojo.

Mi vecino deja de latigarse y apunta con el dedo.

- Oiga, ¿no es ese su perro?

- Sí, míralo, pero qué hará ahí encima del paso de la crucifix… No, no. Se parece pero no es. No creo que sea.

Trosky, contente, es una cruz, no es pino, una cruz… Contente, contente, ¡¡baja esa pati… ¡Mierda! Ahora sí que nos comen.

Cap 13. Zarandajas

La Contradicción es hermosa

Iñigo el impredecible


- Perro rata, me ha llamado perro rata.

Qué nervio gasta Trosky, escaso se le queda el parque.  Mientras dice zancadea arriba y abajo golpeándome de tanto en tanto las piernas. Me desestabiliza.

- No digas tonterías, Trosky.

- Tú lo has oído lo mismo que yo: perro rata aburrida.

- Perorata, ha dicho que le aburría tu perorata.

- ¡Será infeliz y calamidad! Me saca de mis encuestas. ¿Quién se habrá creído que es para hablarme con esa rentabilidad? ¡Concupiscente! ¡Sinécdoque de orangután!

Trosky se refiere tan desordenadamente a Iñigo, apodado “el impredecible” por error, ya que el alias le viene del colegio donde siempre tenía que ser el primero y no se le podía preceder. Era el insoportable que resolvía todos los problemas de matemáticas en el encerado, señalaba en el mapa la más minúscula capital y llegaba el primero tanto en las carreras de velocidad como en las de fondo. Sin peloteo, lo suyo era pura soberbia. Más tarde, en el instituto, dejó de salir a la tarima y nadie volvió a verle con los dos pies despegados del suelo, pero siempre, siempre (en clase, en las partidas de guiñote, en los porros matutinos) era el primero en hablar, siempre tenía que tener la primera palabra, por lo que fue adaptándose extrañamente al error. En los últimos años de bachiller se volvió punki dualista y comunista heterodoxo a un tiempo, por lo que el apodo terminó haciéndole justicia. Yo que le conozco desde los tiempos de comer tierra y lombrices sabía que acabaríamos los dos en el parque paseados por el perro cuando el común de los mortales calienta la oficina. Federico es su san bernardo: cinco veces Trosky, perro con todas las letras con problemillas nunca admitidos con el alcohol.

- Es que es verdad, Trosky. Nos estás dando una tabarra…

- ¡Zarandajas! Os estaba instruyendo acerca de la explicación desde la perspectiva cínica pre estoica de la crisis económica actual. La cuestión es sencilla y no me cansaré de repetirla: La banca presta dinero con el triste afán de recuperarlo multiplicado, están en un error de…

La tabarra que nos estás dando, Trosky. No podías hacerte un martini con Federico u orinar cada ligustro con los demás perros, tenía que darte por filosofar, hoy, como si no tuviéramos bastante con que sea martes. Y no te digo todo esto que pienso por temor a una extensa replica.

- … pero si yo como receptáculo te digo que no tengo ningún inconveniente en recibir en medida de mis posibilidades y tú como…

- Dame la pelotica, Trosky.

- Y una poca leche, Iñigo, que me la tiras por ahí.

-No te la voy a lanzar. Dame la pelotica, por favor.

- Esta bien, toma. ¡Qué cabrón!

Habrá sido predecible, pero la pelotita la ha mandado bien lejos y Trosky es muy canijo cuando por fin la encuentra. Iñigo y yo nos deleitamos con el silencio. Cuando acerca, como ahora, el índice a la comisura del labio algo está tramando. Trosky ya regresa dispuesto a perorar pero Iñigo se adelanta:

- Mira, Trosky, a todos nos gusta Mary Poppins, pero si el banquero se niega a volar la cometa nuestro deber ciudadano es coger el hilo y trenzar una soga.

La sentencia deja helado a Trosky. Federico vomita. Son las once de la mañana. Llueve demasiado poco para mí.