Prueben, como yo,
a darse vuelta como un guante
y ser todo labios
Vladimir Maiakovski
- Estoy ida, desde que me vence el amor estoy que me voy, que ya me he ido ida vaya, digo -dice Carolina, apodada la Ida, cada vez que le da el aire fresco en la cara y abre en órbita los ojos que parecen dos pompas de jabón hechas con hula hop.
Tiene Carolina la Ida un desparpajo que abruma a Trosky, una travesura en los ojos que asusta a Trosky, y los dientes blancos y afilados. El pelo lila liso le cae hasta las cejas por delante y por detrás hasta la tercera dorsal. Con esto del fútbol se levantó un moño y lo coloreó de rojo porque dice que es hasta donde está. Hace poquito nada ha emprendido un viaje con su amiga Margarita la Vuelta.
- Desde que me dio el amor en la cara con toda la jeta –dice Margarita- tengo por el pecho andándome un ciempiés. Prueben, como yo, a darse vuelta como un guante y ser todo labios.
Tiene la Vuelta carne roja en la boca más que la Pampa argentina, una tribu africana son sus labios que, de paso quede dicho, sólo sueltan delicadezas. Hace apenas dos párrafos emprendió un viaje con su amiga Carolina. Partieron por un camino de piedras que hay entre la carretera y el río. Poco convencido, Trosky las acompañaba.
- Carahuevo, la Vuelta y yo quisiéramos llevarnos al perrico de viaje.
- Sin problema. Siempre que me prometáis que tardaréis en volver. Ahora mismo se lo comunico al chuchopulgas.
- Yo no me voy con esas pelandruscas.
- Trosky, no seas así.
- Que no, que llenan el camino de babas. Empezarán con arrumacos, besuqueos y sudoraciones en cualquier parte del camino con un mínimo de soledad. Como yo sólo soy un perro no se cortarán, me las conozco.
- Vaya, no sabía yo de tus fobias homosexuales.
- ¡Carahuevo! ¿Va a bajar Trosky o no?
- Ya mismo baja.
- ¡Qué fobias homosexuales ni qué rábano en rodajas! Lo mío son fobias sexuales. No me importa quién se rechupetee con quién. Pero cualquier demostración de cariño más allá del rascar tras la oreja debería proscribirse en los espacios públicos. Incluso en los privados. Al menos las relaciones homosexuales no tienen el peligro de engendrar más especímenes de plaga en el planeta. La homosexualidad no es un virus como algunos dicen, sino el medicamento con el que la Tierra pretende evitar la metástasis del cáncer de humanidad.
- Neguentropía.
- Abrazafarolas.
- ¿Qué?
- Tú me has insultado primero.
- ¡Trosky, baja ya, estamos perdiendo minutos de sol!
- Hay un pequeño problema, Ida.
- ¿Qué pasa, Carahuevo?
- Pues que Trosky se ha puesto filósofo cavernícola.
- Me da lo mismo que sean sarasonas, pero es que estas dos chicas están locas, locas, locas hasta la rematadera.
Hace tiempo la Ida y la Vuelta eran dos chicas de lo más normal, eso se dice en el barrio. Pero un día escucharon al Papa de Roma decir que la homosexualidad es una enfermedad, una enfermedad mental, y dada la infalibilidad papal… además que todo esto les pilló al tiempo que la adolescencia. El caso es que desde entonces no han dejado de bailar, de loquear, de dejar tras sus pasos un rastro de perdigana.
- Deja ya de tontadas, Trosky, sal a la ventana a hablar conmigo directamente, y no me hagas repetir que se me está quedando la voz de camino a la buhardilla.
- Que no voy, Ida, que no voy con vosotras.
- ¡Con lo bonito que te rascamos!
- Eso sí, eso tengo que admitirlo, pero me hacéis pasar una vergüenza con vuestras estridencias.
- Pero si no sabes adónde te queremos llevar. Nos vamos a pasear por 1933, allí no te conoce nadie.
- Por allí no estado, no, pero la tía Manuela sí y dice que no es lugar para un ornitorrinco.
Y toda esta discusión que Trosky podría haber dilatado hasta la afonía la zanjó la Vuelta en una sentencia:
- Perro del capricho, ¿no ves que sin tu hocico husmeando igual nos desviamos y llegamos a 1393 y hacen de nosotras brasica de bruja, o al 3193 y nos extinguimos rápido bajo el ardiente sol?
Es más de lo que Trosky puede denegar, la voz de la Vuelta, aunque sepa que el argumento es inventado, y ahí los ves a los tres andando entre la carretera y el río camino de 1933. Lugar: la Barcelona que vivió (en vida e imaginación) el joven Jean Genet.
En las revueltas de aquel año, los rebeldes redujeron a escombro de chapa el mingitorio situado junto al puerto y el cuartel, uno de los más sucios pero de los más queridos por los chaperos del Barrio Chino de la ciudad Barcelona, y sobre todo por las Carolinas.
Las criaturas proscritas a la noche, a la turbiedad de malsanos prostíbulos, a los meaderos corroídos e insalubres, a los cuartos cochambrosos de las muchas pensiones, a los recovecos oscuros de muelles roedores, salieron en mondrigona procesión bajo un sol que casi no las reconocía a llevar un ramo de rosas rojas anudado con un velo de crespón al solar del meadero destruido. No todas, fueron como una treintena de las que una de ellas llama las Carolinas. Ataviadas con chales oscuros con alguna claridad en el antaño, ataviadas con máscaras de revocado maquillaje, ataviadas con largos y circulares postizos en las pestañas, ataviadas con largos y pendulares abalorios en las orejas, ataviada una de ellas con un macaquillo ahora en el hombro ahora sobre la cabeza, ataviadas con la extraña dignidad de mostrarse con la salida del sol en la forma en que se sabían despreciadas, partieron ruidosamente del Paralelo, atravesaron la calle San Pablo, y fueron, Rambla de las flores abajo, hasta la estatua de Colón.
Alguno que sabía que tenía que estar dentro observaba la romería desde la muchedumbre irónica e indulgente que se divertía con el cortejo fúnebre y rocambolesco. Los gritos avinagrados, los clamores al cielo por el mingitorio portuario donde sacaban dos cuartos a militares noctámbulos y a barbudos lobos de mar y donde muchas veces eran saqueadas o debían rendir tributo a chulos pendencieros para evitar una paliza, no tenían, a juicio de ese alguno que observaba, que era el propio Genet, otra finalidad que la de querer traspasar la capa de desprecio del mundo. Las Carolinas eran grandes. Eran las hijas de la vergüenza.
(Fuente: Diario del ladrón de Jean Genet. Las cursivas son citas textuales de la traducción de Mª Teresa Galllego e Isabel Reverte)
El viaje de la Ida y la Vuelta
Prueben, como yo,
a darse vuelta como un guante
y ser todo labios
Vladimir Maiakovski
- Estoy ida, desde que me vence el amor estoy que me voy, que ya me he ido ida vaya, digo -dice Carolina, apodada la Ida, cada vez que le da el aire fresco en la cara y abre en órbita los ojos que parecen dos pompas de jabón hechas con hula hop.
Tiene Carolina la Ida un desparpajo que abruma a Trosky, una travesura en los ojos que asusta a Trosky, y los dientes blancos y afilados. El pelo lila liso le cae hasta las cejas por delante y por detrás hasta la tercera dorsal. Con esto del fútbol se levantó un moño y lo coloreó de rojo porque dice que es hasta donde está. Hace poquito nada ha emprendido un viaje con su amiga Margarita la Vuelta.
- Desde que me dio el amor en la cara con toda la jeta –dice Margarita- tengo por el pecho andándome un ciempiés. Prueben, como yo, a darse vuelta como un guante y ser todo labios.
Tiene la Vuelta carne roja en la boca más que la Pampa argentina, una tribu africana son sus labios que, de paso quede dicho, sólo sueltan delicadezas. Hace apenas dos párrafos emprendió un viaje con su amiga Carolina. Partieron por un camino de piedras que hay entre la carretera y el río. Poco convencido, Trosky las acompañaba.
- Carahuevo, la Vuelta y yo quisiéramos llevarnos al perrico de viaje.
- Sin problema. Siempre que me prometáis que tardaréis en volver. Ahora mismo se lo comunico al chuchopulgas.
- Yo no me voy con esas pelandruscas.
- Trosky, no seas así.
- Que no, que llenan el camino de babas. Empezarán con arrumacos, besuqueos y sudoraciones en cualquier parte del camino con un mínimo de soledad. Como yo sólo soy un perro no se cortarán, me las conozco.
- Vaya, no sabía yo de tus fobias homosexuales.
- ¡Carahuevo! ¿Va a bajar Trosky o no?
- Ya mismo baja.
- ¡Qué fobias homosexuales ni qué rábano en rodajas. Lo mío son fobias sexuales. No me importa quién se rechupetee con quien. Pero cualquier demostración de cariño más allá del rascar tras la oreja debería proscribirse en los espacios públicos. Incluso en los privados. Por otra parte, al menos las relaciones homosexuales no tienen el peligro de engendrar más especímenes de plaga en el planeta. La homosexualidad no es un virus como algunos dicen, sino el medicamento con el que la Tierra pretende evitar la metástasis del cáncer de humanidad.
- Neguentropía.
- Abrazafarolas.
- ¿Qué?
- Tú me has insultado primero.
- ¡Trosky, baja ya, estamos perdiendo minutos de sol!
- Hay un pequeño problema, Ida.
- ¿Qué pasa?
- Pues que Trosky se ha puesto filósofo cavernícola.
- Me da lo mismo que sean sarasonas, pero es que estas dos chicas están locas, locas, locas hasta la rematadera.
Hace tiempo la Ida y la Vuelta eran dos chicas de lo más normal, eso se dice en el barrio. Pero un día escucharon al Papa de Roma decir que la homosexualidad es una enfermedad, una enfermedad mental, y dada la infalibilidad papal… además que todo esto les pilló al tiempo que la adolescencia. El caso es que desde entonces no han dejado de bailar, de loquear, de dejar tras sus pasos un rastro de perdigana.
- Deja ya de tontadas, Trosky, sal a la ventana a hablar conmigo directamente, y no me hagas repetir que se me está quedando la voz de camino a la buhardilla.
- Que no voy, Ida, que no voy con vosotras.
- Con lo bonito que te rascamos.
- Eso sí, eso tengo que admitirlo, pero me hacéis pasar una vergüenza con vuestras estridencias.
- Pero si no sabes adónde te queremos llevar. Nos vamos a pasear por 1933, allí no te conoce nadie.
- Por allí no estado, no, pero la tía Manuela sí y dice que no es lugar para un ornitorrinco.
Y toda esta discusión que Trosky podría haber dilatado hasta la afonía la zanjó la Vuelta en una sentencia:
- Perro del capricho, ¿no ves que sin tu hocico husmeando igual nos desviamos y llegamos a 1393 y hacen de nosotras brasica de bruja, o al 3193 y nos extinguimos rápido bajo el ardiente sol?
Es más de lo que Trosky puede denegar, la voz de la Vuelta, aunque sepa que el argumento es inventado, y ahí los ves a los tres andando entre la carretera y el río camino de 1933. Lugar: la Barcelona que vivió (en vida e imaginación) el joven Jean Genet.
En las revueltas de aquel año, los rebeldes redujeron a escombro de chapa el mingitorio situado junto al puerto y el cuartel, uno de los más sucios pero de los más queridos por los chaperos del Barrio Chino de la ciudad Barcelona, y sobre todo por las Carolinas.
Las criaturas proscritas a la noche, a la turbiedad de malsanos prostíbulos, a los meaderos corroídos e insalubres, a los cuartos cochambrosos de las muchas pensiones, a los recovecos oscuros de muelles roedores, salieron en mondrigona procesión bajo un sol que casi no las reconocía a llevar un ramo de rosas rojas anudado con un velo de crespón al solar del meadero destruido. No todas, fueron como una treintena de las que una de ellas llama las Carolinas. Ataviadas con chales oscuros con alguna claridad en el antaño, ataviadas con máscaras de revocado maquillaje, ataviadas con largos y circulares postizos en las pestañas, ataviadas con largos y pendulares abalorios en las orejas, ataviada una de ellas con un macaquillo ahora en el hombro ahora sobre la cabeza, ataviadas con la extraña dignidad de mostrarse con la salida del sol en la forma en que se sabían despreciadas, partieron ruidosamente del Paralelo, atravesaron la calle San Pablo, y fueron, Rambla de las flores abajo, hasta la estatua de Colón.
Alguno que sabía que tenía que estar dentro observaba la romería desde la muchedumbre irónica e indulgente que se divertía con el cortejo fúnebre y rocámbolesco. Los gritos avinagrados, los clamores al cielo por el mingitorio portuario donde sacaban dos cuartos a militares noctámbulos y a barbudos lobos de mar y donde muchas veces eran saqueadas o debían rendir tributo a chulos pendencieros para evitar una paliza, no tenían, a juicio de ese alguno que observaba y que era el propio Genet, otra finalidad que la de querer traspasar la capa de desprecio del mundo. Las Carolinas eran grandes. Eran las hijas de la vergüenza.
(Fuente: Diario del ladrón de Jean Genet. Las cursivas son citas textuales de la traducción de Mª Teresa Galllego e Isabel Reverte)