Aunque no pueda considerarse un perro normal, Trosky afirma su canicidad alzando una pata y orinando en una esquina de revoque desconchado. Sobre el desconchón puede leerse en letras alargadas: “AKÍ SÍ MOLARÍA UNA FIGURITA FONDONA DE BOTONERO”.
- Es un escultor de culto -le explico a mi perro- que hace una figura y luego la hincha hasta que queda simpática. No hay ciudad que se precie que no plante un botonero en uno de sus paseos. ¿Por qué tienes que dejar siempre rastro en la esquina de casa?
- Es mi contribución urbanística -contesta bajo la sombra del puente de Caracalva. Intento descubrir algún indicio de ironía en su expresión… pero no.
Fue hace no mucho que nuestro querido alcalde (Dios le guarde las hechuras) llegó con sofoco al pleno. Los de Villahumos de Abajo tienen un puente de Caracalva que quita el sentido, dijo a sus ediles. Reconcomidos, aprobaron encargarle al prominente arquitecto una pasarela que duplicara en altura y largura a la de la ciudad vecina. Queremos que nuestra pasarela sea mucho más blanca, que apetezca esquiarla, escribieron a Caracalva en una carta en la que en lugar de atentamente se despedían: no reparamos en gastos. Al tiempo llegó el artista con su puente y preguntó dónde había que colocarlo, fue entonces cuando el consistorio se percató de que en Villahumos de Arriba no había río. Algo habrá que merezca la pena traspasar, dijo el alcalde; del departamento de Urbanismo empezó a salir humo.
Fumata blanca: El barrio de San Nicasio (conocido popularmente como Niputocasio) es un suburbio en pleno corazón de la ciudad: un vertedero humano que separa la zona comercial del casco medieval (aunque medieval puede considerarse toda la ciudad, diría más, todo el país, independientemente del concepto de país de cada cual en el que yo no me meto porque no tengo tiempo para conceptos). Teniendo en cuenta que el área comercial es cada día más antigua y el casco antiguo cada día más comercial, apuntó el edil urbanista, sería un acierto poder unirlos por medio de una arquitectura de vanguardia. El concejal de turismo secundó con entusiasmo la moción.
- Y así fue como tenemos ahora este puente tan bonito sobre nuestras cabezas- explico a mi perro que ha estado siguiendo mi relato con extraña atención, sin dejar de cavilar.
- Están tontos estos del Ayuntamiento -sentencia-, ¡no se les ha ocurrido poner un tranvía sobre el puente!
- Me das miedo, Trosky. No pienso votarte en las próximas elecciones.
Aunque tampoco importara su opinión, la verdad es que la población acogió con agrado el delirio urbanístico, a excepción de las gentes de San Nicasio, que no necesitaban más sombra. Los padres se quedan más tranquilos sabiendo que sus hijos pueden proveerse de drogar sin entrar al desdichado barrio, arreglando la transacción desde el puente con una caña de pescar. Se meten la misma ponzoña, pero al menos ahora no tienen que tratar cara a cara con tanto quinqui, afirmó un hombre cuestionado por un matinal radiofónico. La carne de las chicas sigue siendo accesible por medio de barras de bombero que permiten al usuario descender deslizándose. Pero cualquiera puede deslizarse (desde el Ayuntamiento se recomiendo a la luz del día) para darse un baño de multiculturalidad.
-¿Qué opina de los que piensan que podría intuirse la posibilidad de formación de un gueto en San Nicasio -preguntó un ávido reportero al primer edil.
- Gueto es una hermosa población costera -respondió con hondura-. Sería maravilloso, pero no aspiramos a tanto.
No me gusta lo de “vertedero humano”, aunque entiendo desde dónde lo escribes y por qué. Demasiado ambiguo. Por lo demás, GENIAL. Me encanta lo de las contribuciones urbanísticas del Troski, son muy características los domingos de vermú, cuando uno se sienta en un portal feliza con su aceitunita y un perro con gran sensibilidad artística levanta la pata a dos metros de ti…