Con el árbol de muñones que no canta
y el niño con el blanco rostro de huevo
Federico García Lorca
Chuchófeo es un lugar lejos de determinismos; respira, Trosky, ya llegamos. Podrías preferir descansar aquí, dar vuelta atrás, incluso no haber partido nunca hacia Chuchófeo, pero explicas tú a la cigarra la derrota cuando nos vea volver vacíos, taciturnos, sin una rima en los bolsillos.
No me mires mohíno, cara de mono. ¿Te obligué yo a emprender el viaje? ¿Te incité siquiera? Sabías bien que este camino es todo noche y aún así, por primera vez en tu vida, como si fueras un perro con dueño, clavaste tus dientes en mis zapatos. Y por primera vez te vi sin carámbanos de barro en la pelambre. Y recuerdo tus primeros pasos bien alzada la cabeza.
Son olmos lo que amuralla nuestro camino, olmos de mudos muñones. Me duele tanto silencio, tengo que agarrarme a un rojo noviembre para continuar andando camino a Chuchófeo. ¿Te he dicho que me da miedo el silencio? Ha de estar enfermo uno para asustarse del silencio. Debe de ser que suena a vacío.
Y tú ahora caminas sin derramar un sonido; perrico orangután, chucho hormigonera, alboroto canino, tú que eres el bullicio hecho mamífero caminas ahora imprimiendo silencio en el silencio. ¿Crees que los samarugos que habitan los charcos se molestarán si haces demasiado ruido? ¿Temes que te coman las paticas los pececicos? Andas a paso de mansión deshabitada como si quisieras llegar nunca a Chuchófeo; como si quisieras arribar tan exhausto que la meta sólo te permita descansar largos bufidos, alarmas de resuello. Debo admitir también que no dejas de dar paso delante de paso delante de paso. ¿Viste qué tenuemente reposan su luz las estrellas? Tampoco quieren desprenderse de lo suyo. No quieren desgastarse desnudando la senda a Chuchófeo. Y tú no dejas de dar paso delante de paso delante de paso. ¿Qué me dirás cuando te diga que no tiene fin el camino?
Desde que se considera hortaliza el tocino yo también soy vegetariano. Desde que llueve todos los días tengo los pies de fango. Las hienas viejas nos miran con desdentado desdén: tras los olmos brillan sus encías de fuego. Desde que se abolió el miedo yo también soy anarquista y extinguidos los esquiladores puede mi melena adornarme los hombros. Tú no. Tu eres más bravo. Tú sólo continuas paso delante camino a Chuchófeo con tus patas divertimento de pulgas. Y yo te sigo. ¿Qué me dirás cuando te diga que nunca se llega a Chuchófeo? Quizá que la meta es el camino, que la victoria consiste en continuar caminando. Y yo, dudando, te creeré.
