Cap 22. Monstruociudad II: agostado

La ciudad en agosto me da miedo. Pavor. Tengo la sensación de haberme equivocado de película. El escenario es el mismo, al menos muy parecido, creo. Puede ser que normalmente no me fijo tanto porque todo está normal y ahora lo miro porque la situación ha cambiado. Tengo miedo ¿Siempre estuvo esa farola ahí? Quizá me haya confundido de película. Quizá mi rodaje acabó o suspendieron la producción y no me han avisado. Siempre soy el último en enterarme. Lo que sí sé es que del reparto original no queda nadie. Todos han marchado. Sólo queda el quisquilloso kiosquero cargado de razón del kiosko de un poco más allá calle arriba. Me detesta y lo detesto. Sólo una vez hablamos y nos gritamos y nos insultamos, y yo soy un hombre pacífico, sosegado, de pocos gritos. Todos los demás ya no están. Trosky tampoco. He ido a comprar el pan y no he saludado a nadie. Normalmente voy a comprar el pan a la mañana y me encuentro a uno y a otro. Por lo menos a tres personas. Y con una comentas la película que te recomendó, a otra le  tienes que hacer comprender que no tienes una opinión formada sobre el once inicial idóneo para afrontar el partido de copa, y cómo te vas a negar a tomar un cafecico, y la cosa está fatal, y al final comprando el pan y algún recado más ya has echado la mañana. Hoy he descubierto que la panadería está exactamente a dos minutos veinte segundos andando más bien lento. Bueno, la panadería ya no está, ahora es una tienda de menaje y vajilla. Pero de eso no tiene la culpa el agosto. Eso pasa mucho en esta ciudad últimamente, sobre todo en el casco antiguo, y también en San Nicasio, que está aledaño al casco. Si estuviera Trosky le contaría lo que me pasó el otro día en una calle de las más viejas de Villahumos. Fui a comprar un cuarto de lentejas y cuando me preguntó el tendero que de cuáles yo le dije que de las pardinas, de las pequeñicas y bastante oscuras, a lo que él me respondió muy amablemente que lo sentía mucho pero que esa tienda ahora era una mercería.

- Vaya -dije extrañado-, hace tiempo que no me topaba una.

- Uy, pues ahora es fácil. Se han puesto de moda, en esta calle lo menos hay siete.

- Pues deme un par de calzoncillos finos y una camiseta de interior. Ya sé que estamos en agosto, pero no quiero desaprovechar…

- Se lo daría gustoso, señor, pero esto es una relojería, ¿acaso no lo ve?

- Tiene usted razón. Poco ha durado la mercería.

- Demasiada competencia. ¿Quiere algo?

- ¡Jopeta! Ha sido montar una relojería y entrarle de pronto las prisas.

- Dígame qué quiere.

- Pues es que reloj no uso.

- No se pleocupe, tenemos lelojes y no-lelojes. ¿Qué quiele usted? Tenemos de todo, balato.

- Oiga, y no tendrá uno de esos horribles marcos de fotos digitales. Es que tengo un amigo que me cae fatal y la semana que viene es su cumpleaños…

- Y lo quiere tostado o de media cocción.

- ¡No me diga que ahora es una panadería!

- Pues no se lo digo, pero lo es.

- Pues deme una grande y una docena de carquiñoles. Lo que me apena es irme a casa sin las lentejas.

- ¿Lentejas? ¿Cuántas quiere?

- ¿Que ahora es una frutería?

- No, es una panadería, pero con la crisis los comercios nos hemos visto obligados a diversificar nuestra oferta. No hay panadería que no disponga de legumbres.

- Pues deme un cuarto de la pardina.

- Si quiere se las puedo financiar a tres, seis o nueve meses con un tanto por ciento TAE…

Lo dejé redactando una hipoteca y me fui a casa con Trosky. Porque esto sucedió antes de que se fueran Trosky y todos los demás que normalmente están en la ciudad (excepto el quisquilloso kiosquero). Después las calles se poblaron de extraños extravagantes seres que andan despacio enfocando los aleros de los tejados con aparatosas armas de fotografiar. Pálidos, o enfermizamente tiznados, con niños correteando a sus pies y un folleto del museo diocesiano asomando por el bolsillo del culo del jean. Me dan miedo. He visto a siete fotografiando al unísono una butifarra. Salí corriendo y me dirigí a un barrio menos céntrico en busca de refugio. Lo que he visto allí ha sido peor: nadie. Ni turista ni no turista: ¡nadie! Desolación. Me falta el aire, vuelvo a San Nicasio. ¡Oh, dios: una familia al completo juega a contar dientes a los yonkis! This one only three, dice el padre de familia, I’m the winner. No puedo más, necesito hablar con alguien que me comprenda. Subo calle arriba hacia el kiosco.

- Me da el periódico, por favor.

- Tome.

- ¡Por dios, esto no!

- Es el único que tengo.

- Pues es pura bazofia fascista.

- Pues si no te gusta vete a comprar panfletos de etarras a otro sitio. Este es un kiosco decente

- Este es un kiosco de mierda…

- Perdon, señor.

- ¿Quién es usted? ¿De qué árbol se ha caído?

- ¿Ser usted joven delincuente de barrio marginal?

- Están todos locos, ¡no me apunte con eso!

Salgo corriendo perseguido por quince turistas arengados por el quisquilloso kiosquero que les grita ¡acabar con esa basura roja! Consigo cerrar la puerta de casa, los turistas sueltan contra la fachada ráfagas de flashes. En el buzón una postal ¡de Trosky! Oh, cuánto te echo de menos. En la misiva se puede leer con letra impresa: Estando en lo alto de la Torre de Todolomira me acordé de ti, y firmado: TROSKY. Por lo menos podía haber tenido la decencia de escribir él mismo una carta.

Cap 16. Monstruociudad (1): San Niputocasio

Aunque no pueda considerarse un perro normal, Trosky afirma su canicidad alzando una pata y orinando en una esquina de revoque desconchado. Sobre el desconchón puede leerse en letras alargadas: “AKÍ SÍ MOLARÍA UNA FIGURITA FONDONA DE BOTONERO”.

- Es un escultor de culto -le explico a mi perro- que hace una figura y luego la hincha hasta que queda simpática. No hay ciudad que se precie que no plante un botonero en uno de sus paseos. ¿Por qué tienes que dejar siempre rastro en la esquina de casa?

- Es mi contribución urbanística -contesta bajo la sombra del puente de Caracalva. Intento descubrir algún indicio de ironía en su expresión… pero no.

Fue hace no mucho que nuestro querido alcalde (Dios le guarde las hechuras) llegó con sofoco al pleno. Los de Villahumos de Abajo tienen un puente de Caracalva que quita el sentido, dijo a sus ediles. Reconcomidos, aprobaron encargarle al prominente arquitecto una pasarela que duplicara en altura y largura a la de la ciudad vecina. Queremos que nuestra pasarela sea mucho más blanca, que apetezca esquiarla,  escribieron a Caracalva en una carta en la que en lugar de atentamente se despedían: no reparamos en gastos. Al tiempo llegó el artista con su puente y preguntó dónde había que colocarlo, fue entonces cuando el consistorio  se percató de que en Villahumos de Arriba no había río. Algo habrá que merezca la pena traspasar, dijo el alcalde; del departamento de Urbanismo empezó a salir humo.

Fumata blanca: El barrio de San Nicasio (conocido popularmente como Niputocasio) es un suburbio en pleno corazón de la ciudad: un vertedero humano que separa la zona comercial del casco medieval (aunque medieval puede considerarse toda la ciudad, diría más, todo el país, independientemente del concepto de país de cada cual en el que yo no me meto porque no tengo tiempo para conceptos). Teniendo en cuenta que el área comercial es cada día más antigua y el casco antiguo cada día más comercial, apuntó el edil urbanista, sería un acierto poder unirlos por medio de una arquitectura de vanguardia. El concejal de turismo  secundó con entusiasmo la moción.

- Y así fue como tenemos ahora este puente tan bonito sobre nuestras cabezas- explico a mi perro que ha estado siguiendo mi relato con extraña atención, sin dejar de cavilar.

- Están tontos estos del Ayuntamiento -sentencia-, ¡no se les ha ocurrido poner un tranvía sobre el puente!

- Me das miedo, Trosky. No pienso votarte en las próximas elecciones.

Aunque tampoco importara su opinión, la verdad es que la población acogió con agrado el delirio urbanístico, a excepción de las gentes de San Nicasio, que no necesitaban más sombra. Los padres se quedan más tranquilos sabiendo que sus hijos pueden proveerse de drogar sin entrar al desdichado barrio, arreglando la transacción desde el puente con una caña de pescar. Se meten la misma ponzoña, pero al menos ahora no tienen que tratar cara a cara con tanto quinqui, afirmó un hombre cuestionado por un matinal radiofónico. La carne de las chicas sigue siendo accesible por medio de barras de bombero que permiten al usuario descender deslizándose. Pero cualquiera puede deslizarse (desde el Ayuntamiento se recomiendo a la luz del día) para darse un baño de multiculturalidad.

-¿Qué opina de los que piensan que podría intuirse la posibilidad de formación de un gueto en San Nicasio -preguntó un ávido reportero al primer edil.

- Gueto es una hermosa población costera -respondió con hondura-. Sería maravilloso, pero no aspiramos a tanto.

Capítulo 7. La Municipalidad

La huella acústica del deglutir legumbres de Trosky magrea toda la habitación. Su boca es una hormigonera orgánica.

- ¿Por qué tienes que ser ten ruidoso en tus costumbres, Trosky? -le pregunto con voz de batalla perdida-. Mira que hoy mismo va a personarse en casa la Municipalidad, con el gran edil al frente -subrayo-, para tomar cartas en el asunto.

Trosky me muestra en un gesto su más sincera indiferencia y sigue comiendo.

- Ah, pertinaz insensato -digo con intención-, no ves que el señor acalde tiene todas las llaves de la ciudad, que lo mismo puede abrir que cerrar.

A Trosky no le dan miedo los alcaldes: es un bravo.

- Sabes bien que soy un cagueta -corrige-, pero no hay donde temer.

Los alcaldes muestran la cara más jovial de la política, la más jocosa y forofa. A un ministro sumido en la amargura no hay más que colocarlo al frente de una golosa municipalidad para devolverle el ánimo; está comprobado. Excepto tiernas excepciones los alcaldes alardean de un vocabulario procaz, gustan de mostrar su incondicionalidad con los intereses del municipio ya sea por encima de su partido, de las reglas del juego o de la propia ciudadanía; cualquier exceso reprochable a un representante autonómico o estatal  resulta en un alcalde simpático, gracioso, síntoma de su sintonía con el vulgo. Por supuesto, estas profusiones están vetadas a un concejal (al menos deben ser prudentemente moderadas) a riesgo de quedar por vanidoso prepotente o de ser deleznado como presunto usurpabastones.

Yo le he explicado a mi perro que el poder de un alcalde en una ciudad es omnímodo: bien sea por cauces oficiales, vía decreto, u oficiosos, haciendo valer sus influencias, ese simpático monigote encandilador de las cámaras locales y autonómicas puede amargarnos la existencia. ¿Por qué no teme entonces nada Trosky? ¿Por qué no procura ser más pacato en su engullir legumbres, menos tremendo? La verdad es que a mí también me sorprendió la misiva extraoficial que recibimos hace dos días solicitando audiencia en nuestro propio domicilio y en domingo para debatir sobre “la engorrosa cuestión de las malas costumbres en la mesa de su animal de compañía”. Ante las quejas dirigidas directamente a nosotros por los vecinos de nuestro barrio y los colindantes adoptamos hace semanas soluciones sin que tuviera que mediar en el asunto guarda, alguacil o sereno ninguno: decidimos insonorizar a conciencia la buhardilla que ahora es casi un bunker, antes de cada comida cerramos todas los vanos y yo pongo un bolero a considerable volumen para armonizar cualquier decibelio aventurero que sortee las barreras. He hecho una encuesta, y los vecinos están encantados con el dulce ronroneo apenas audible que ahora exhala nuestra casa cinco veces al día. Según me han explicado, les regocija enormemente.

- Ese es el problema -replica el orondo alcalde que ya se halla en nuestra morada flanqueado por los ediles de urbanismo y medio ambiente. Al parecer, según explica, ese sonido a baja frecuencia no sólo alcanza el bloque de pisos, sino que va más allá-. Se traslada por el aire y por el medio sólido actuando sobre todos los individuos de la ciudad, aunque no sean conscientes de estar escuchándolo -añade sin poder evitar acariciar el lomo de Trosky que había arrimado cariñosamente la pleura a la pierna del primer edil-. Venga, está bien, está bien, chucho bueno, pero ahora no molestes – le susurra empujándolo suavemente-. No sé si usted es consciente del efecto de este influjo, pero la ciudad entera, cinco veces al día, se paraliza durante veinte minutos para arrojarse en manos del hedonismo más pueril: hay quien busca chocolate, otros longaniza, otros con quien bailar, otros se tumban y dormitan en cualquier sitio. Los hombres fuertes conseguimos reprimir y dominar esos impulsos aunque también hasta nosotros se presenta la tentación, pero los débiles… los débiles no ofrecen ninguna resistencia y no sé si es usted consciente de la flaqueza que predomina en el vulgo…

El señor alcalde, que había intentado imprimir una progresiva autoridad a su discurso, se paraliza en este punto. En realidad se ha quedado mirando melosamente a Trosky que, sentado frente a él, le mira a su vez con cara de perrico insignificante y bueno. En ese momento propicio Trosky gira la cabeza hacia la derecha levantando suavemente la oreja izquierda y profiriendo un levísimo gemido.

- Las amenazas, señor alcalde, las amenazas -susurra el edil de urbanismo rescatando al alcalde de su embeleso.

- Está bien -continua el alcalde con tono relajado-, me gustaría que fuera consciente de que una ciudad de progreso como ésta no puede permitirse semejantes pasatiempos diarios.

Aunque los concejales le azuzan para que sea más contundente y me haga llegar las amenazas veladas que anteriormente han convenido, el alcalde decide poner en este punto fin a su exposición y se despide cortésmente.

- No hay alcalde que se resista a un correcto girar de cabeza -dice Trosky cuando ya se han ido-, pero esos concejales de urbanismo -gruñe-, no hay quien pueda con los de urbanismo.