La ciudad en agosto me da miedo. Pavor. Tengo la sensación de haberme equivocado de película. El escenario es el mismo, al menos muy parecido, creo. Puede ser que normalmente no me fijo tanto porque todo está normal y ahora lo miro porque la situación ha cambiado. Tengo miedo ¿Siempre estuvo esa farola ahí? Quizá me haya confundido de película. Quizá mi rodaje acabó o suspendieron la producción y no me han avisado. Siempre soy el último en enterarme. Lo que sí sé es que del reparto original no queda nadie. Todos han marchado. Sólo queda el quisquilloso kiosquero cargado de razón del kiosko de un poco más allá calle arriba. Me detesta y lo detesto. Sólo una vez hablamos y nos gritamos y nos insultamos, y yo soy un hombre pacífico, sosegado, de pocos gritos. Todos los demás ya no están. Trosky tampoco. He ido a comprar el pan y no he saludado a nadie. Normalmente voy a comprar el pan a la mañana y me encuentro a uno y a otro. Por lo menos a tres personas. Y con una comentas la película que te recomendó, a otra le tienes que hacer comprender que no tienes una opinión formada sobre el once inicial idóneo para afrontar el partido de copa, y cómo te vas a negar a tomar un cafecico, y la cosa está fatal, y al final comprando el pan y algún recado más ya has echado la mañana. Hoy he descubierto que la panadería está exactamente a dos minutos veinte segundos andando más bien lento. Bueno, la panadería ya no está, ahora es una tienda de menaje y vajilla. Pero de eso no tiene la culpa el agosto. Eso pasa mucho en esta ciudad últimamente, sobre todo en el casco antiguo, y también en San Nicasio, que está aledaño al casco. Si estuviera Trosky le contaría lo que me pasó el otro día en una calle de las más viejas de Villahumos. Fui a comprar un cuarto de lentejas y cuando me preguntó el tendero que de cuáles yo le dije que de las pardinas, de las pequeñicas y bastante oscuras, a lo que él me respondió muy amablemente que lo sentía mucho pero que esa tienda ahora era una mercería.
- Vaya -dije extrañado-, hace tiempo que no me topaba una.
- Uy, pues ahora es fácil. Se han puesto de moda, en esta calle lo menos hay siete.
- Pues deme un par de calzoncillos finos y una camiseta de interior. Ya sé que estamos en agosto, pero no quiero desaprovechar…
- Se lo daría gustoso, señor, pero esto es una relojería, ¿acaso no lo ve?
- Tiene usted razón. Poco ha durado la mercería.
- Demasiada competencia. ¿Quiere algo?
- ¡Jopeta! Ha sido montar una relojería y entrarle de pronto las prisas.
- Dígame qué quiere.
- Pues es que reloj no uso.
- No se pleocupe, tenemos lelojes y no-lelojes. ¿Qué quiele usted? Tenemos de todo, balato.
- Oiga, y no tendrá uno de esos horribles marcos de fotos digitales. Es que tengo un amigo que me cae fatal y la semana que viene es su cumpleaños…
- Y lo quiere tostado o de media cocción.
- ¡No me diga que ahora es una panadería!
- Pues no se lo digo, pero lo es.
- Pues deme una grande y una docena de carquiñoles. Lo que me apena es irme a casa sin las lentejas.
- ¿Lentejas? ¿Cuántas quiere?
- ¿Que ahora es una frutería?
- No, es una panadería, pero con la crisis los comercios nos hemos visto obligados a diversificar nuestra oferta. No hay panadería que no disponga de legumbres.
- Pues deme un cuarto de la pardina.
- Si quiere se las puedo financiar a tres, seis o nueve meses con un tanto por ciento TAE…
Lo dejé redactando una hipoteca y me fui a casa con Trosky. Porque esto sucedió antes de que se fueran Trosky y todos los demás que normalmente están en la ciudad (excepto el quisquilloso kiosquero). Después las calles se poblaron de extraños extravagantes seres que andan despacio enfocando los aleros de los tejados con aparatosas armas de fotografiar. Pálidos, o enfermizamente tiznados, con niños correteando a sus pies y un folleto del museo diocesiano asomando por el bolsillo del culo del jean. Me dan miedo. He visto a siete fotografiando al unísono una butifarra. Salí corriendo y me dirigí a un barrio menos céntrico en busca de refugio. Lo que he visto allí ha sido peor: nadie. Ni turista ni no turista: ¡nadie! Desolación. Me falta el aire, vuelvo a San Nicasio. ¡Oh, dios: una familia al completo juega a contar dientes a los yonkis! This one only three, dice el padre de familia, I’m the winner. No puedo más, necesito hablar con alguien que me comprenda. Subo calle arriba hacia el kiosco.
- Me da el periódico, por favor.
- Tome.
- ¡Por dios, esto no!
- Es el único que tengo.
- Pues es pura bazofia fascista.
- Pues si no te gusta vete a comprar panfletos de etarras a otro sitio. Este es un kiosco decente
- Este es un kiosco de mierda…
- Perdon, señor.
- ¿Quién es usted? ¿De qué árbol se ha caído?
- ¿Ser usted joven delincuente de barrio marginal?
- Están todos locos, ¡no me apunte con eso!
Salgo corriendo perseguido por quince turistas arengados por el quisquilloso kiosquero que les grita ¡acabar con esa basura roja! Consigo cerrar la puerta de casa, los turistas sueltan contra la fachada ráfagas de flashes. En el buzón una postal ¡de Trosky! Oh, cuánto te echo de menos. En la misiva se puede leer con letra impresa: Estando en lo alto de la Torre de Todolomira me acordé de ti, y firmado: TROSKY. Por lo menos podía haber tenido la decencia de escribir él mismo una carta.