Cap 23. La crisis del cordero

- Zapatero no nos falló, Zapatero nos dio de lleno y en todos los morros. Como un pelotazo de goma.

Trosky vive desaparecido últimamente, es por la crisis. El perrico me pregunta cosas constantemente; tiene complejo porque en esto de la crisis no se entera absolutamente de nada. No sé da cuenta de que estamos todos en las mismas, aunque algunos disimulamos mejor y sentamos cátedra allá donde nos planten.

- ¿Por qué los llaman antidisturbios cuando lo normal sería llamarlos disturbios?

Eso me lo preguntó en medio de una manifestación, no recuerdo cuál, sólo recuerdo que, como en todas, íbamos rodeados de encapuchados con mirada asesina que nos hacían gestos obscenos tocándose los genitales. Cuando lo preguntó tuve que contenerme la risa porque a estos señores no les gustan nada las risas y están muy mal de los nervios. Cállate Trosky por favor.  De hecho íbamos toda la manifa aguantándonos la risa como el soldado romano del Pijus Magnificus. Pero el perrico (¡alma de cántaro!) tenía que continuar:

- Y es que además con las capuchas, se les ponen unos morricos de lo más provocativo…

Y estallo la carcajada, y los disturbios cargaron contra la población una vez más.

Por qué están tan de los nervios es algo que alguien tendría que explicar, porque están realmente enfermos de odio y ven al enemigo por todas partes. Gatillo fácil y mentalidad de guerra y a nosotros nos han pillado de lo más hippie make love not war. Lo mejor  de todo es que, como no consiguen que la población coja el testigo de la violencia, quieren criminalizar la resistencia pacífica. Manda huevos kinder.

- Como te iba explicando, Trosky, Zapatero no nos falló, nos dio de lleno: pagó la deuda a los bancos con el dinero de todos y ahora nosotros tenemos la deuda. Después le pasó el poder a los otros que nos dicen que somos unos derrochadores,  que no podemos seguir así si queremos que nos sigan prestando dinero.

- ¿Quién?

- Los mercados

- ¿Y quiénes son los mercados?

- Oye, si vas a hacer preguntas metafísicas yo ya no te explico.

Vale que no tengo paciencia, pero el ejercicio de abstracción que tengo que hacer para explicarle esto a mi perro es considerable. Aunque tengo que reconocerle que esa es la madre del cordero.

- El caso es que ganó Rajoy y volvió Aznar a la televisión y dijo en tono amenazador: “Los españoles saben muy bien lo que han votado”, que quiere decir que si han votado cadenas pues que vivan las cadenas y nosotros somos especialistas en el género. Así que cadenas presupuestarias, legislativas, cadenas de orden público…

- De desorden públicos –corrige Trosky con más puntilla que un huevo frito.

- Para ti la perra gorda. El caso es que no quieren que protestemos mucho porque se dispara la prima de riesgo.

- ¿Quién la dispara?

- La madre del cordero

- Ya sé, ya sé, pero… Una cosita más: ¿Quién es la madre del cordero? Y dígame también ¿dónde estaba usted cuando se disparó la crisis del cordero?

Creo que ya ha vuelto hacer zaping entre el telediario y Colombo. Yo me rindo. Vamos a la calle, pero que no cunda el pánico, sólo vamos a comprar mejillones.

Cap 20. Gaznápiro y Urticaria

- ¿Qué fue antes: Ho Chi Min o las zanahorias?

- Todo comenzó con las sardinas, amigo Trosky- responde Rafa, el camarero malagueño de La Tasca Vasca-, todo comenzó con las sardinas -repite en tempo de ensoñación, como si hablara en una nebulosa.

A mí me gustaría tomar tranquilo el café y esta copita de orujo que me he pedido para leer tranquilo el periódico del jueves (si alguien me garantiza que el periódico de hoy es mejor que el de antes de ayer se lo compro), pero Gaznápiro y Urticaria discuten con bien de volumen apoyados en la barra y así no hay quien se pueda concentrar.

- Convendrá conmigo, amigo Gaznápiro, que no hay mal que por mal no venga, y quien roba a un ladrón tiene cien años de prisión.

- Convendré consigo, amigo Urticaria, cuando usted me convenza,  pero todavía no me ha presentado ningún argumento válido.

- Pero si ayer mismo se lo presenté: argumento, Gaznápiro; Gaznápiro, argumento.

- Pero el argumento tenía ojeras y síndrome de pirulaí, era más inválido que mi cadera la de la abuela rota.

Pero querrán callarse de una vez.

- Cuéntame, Rafa, cómo fue -pregunta Trosky con ansiedad canina al camarero malagueño mientras observa absorto a los dos ancianos que no cesan en la contienda.

- Pues todo comenzó con las sardinas -rememora Rafa-, que si las de cubo las inventó Franco, pero el otro decía que Franco no pasaba de cuadrado, y luego derivaron en las hipotenusas, que son más gordas en el cantábrico, aunque eso Gaznápiro no lo podía admitir sin antes irse a pescar al golfo Pérsico, y per si acaso Urticaria diferenció los diferentes tipos de gordura: mórbida y placentera, llegando a la conclusión de que Gaznápiro era un obeso ambiguo.

- Yo no estoy gordo -grita Gaznápiro interrumpiendo la charla de Rafa y la propia.

- Si prefieres gordito… nosotros no pondremos impedimento -concede Trosky.

- Ni gordo, ni gordito, ni fuertecito. Yo me miro al espejo y me veo bien, me da igual lo que digáis los demás.

- Estamos –concluye Trosky con voz de detective televisivo que destapa los farragosos misterios de un crimen- ante un caso evidente de anorexia inversa.

- Convendrá conmigo, amigo Gaznápiro -irrumpe Urticaria-, que las bolsas que le cuelgan desde la panza podrían denominarse inequívocamente lorzas.

- Esto es salud, amigo Urticaria, y enfermedad lo que se esconde en sus profundas fosas intercostales- responde Gaznápiro y los dos abuelos vuelven a enfrascarse en una engorrosa discusión.  Por su parte, Rafa reanuda el relato de los hechos a Trosky:

- El debate sobre las hortalizas llegó más tarde. Fue torrencial, memorable, todavía se recuerda en todas las tascas del barrio. Ninguno de los dos daba su brazo a torcer, que si la zanahoria vencerá, decía uno, mientras el otro argumentaba su inquebrantable adhesión al nabo.

- ¡Guau! –exclama Trosky en lo más parecido que le he escuchado a un ladrido- Deben llevar mucho tiempo tertuliando.

- Entre tertuliando y de charreta llevan ya ni se sabe -explica Rafa-. Dicen que Gaznápiro nació en ese mismo taburete cuando todavía los bares no tenían televisión.

Y Trosky repite guau, y Urticaria señala las mollas de la geografía gaznápira, y su contrincante resalta el valor calorífico de los lípidos, y Rafa recuerda aquella discusión sobre si Ho Chi Min habría sido por su estatura un gran jugador de petanca, y Urticaria pide una ración de banderillas, y Gaznápiro diserta sobre la perfecta colocación de la guindilla en una brocheta de encurtidos, y

- ¡Basta! -interrumpo para lograr una décima de silencio sin haber conseguido enterarme de nada de lo que pasó el miércoles- Todavía no habéis hablado del acontecimiento más significativo de hoy: hoy es el cumpleaños de Trosky.

- Pero, hombre… -dice Gaznápiro.

- Pero, perro -corrige Urticaria.

- No nos habías dicho nada. ¡Felicidades, chucho! Una ronda para celebrarlo. ¿Y cuántos caen?

Este es el momento que yo estaba esperando. Silencio. Trosky odia cumplir años, no le gusta hablar del tema. No sabe contestar, no le surge ninguna evasiva, se queda paralizado. Tras varios minutos incómodos (para mi gloriosos) de miradas, el propio Gaznápiro le saca del atolladero.

- No te preocupes, perrico, ya sabes lo que se dice: en la cama y en los años lo importante es cumplir.

Y el perro repite guau, y esta vez parece una cosa entre ladrido y tristeza, y da vueltas sobre sí mismo despacio, vueltas como para abrir una fosa en el terrazo del suelo, y se queda tumbado hecho un círculo. Con el morro sobre las garras resopla una canción de una sola nota y un largo silencio en el que todos quedamos contemplando la melancolía canina que desprende su mal envejecer.

Siento haber sacado el tema, perrico tonto, yo pensaba dejar tu aniversario en el anonimato,  pero era la única forma que tenía de escapar de este barullo.

Cap 19. Cuartos traseros

Sólo he dicho, señor mío, que usted se parece a un huevo, y ya sabe usted que hay huevos que son muy bonitos

Alicia

Trosky, sentado sobre sus cuartos traseros, no es más feliz que completamente desparramado, pero sí más ridículo, si cabe. Te quieres morir cuando intenta rascarse la oreja con la pata cual Ideafix. Daño hace verle. El caso es que se desequilibra, no quiere acercar la cabeza a la pata sino estirar el cuello como para morder una nube y se desequilibra. Pierde la base al alzar un poquillo la garra por lo que vuelve a posarla, pero cabezón como es lo intenta de nuevo, y ahora un poquito más arriba, y mira que ya alcanzamos la pechera, y un poco más y al garganchón, la última intentona y ¡zasca!, acaba desparramado en el suelo, y es más feliz que sentado sobre sus cuartos traseros con las patas delanteras estiradas, y lo mismo de ridículo queda. De hecho, bien repantingado en el sofá o diluyendo sus miembros sobre cualquier superficie mullidita, es un perro bastante feliz. Muy feliz si su sopor se debe a una trabajosa digestión de leguminosas. Entonces ¿para qué levantarse?

- Eso digo yo -replica Trosky despanzurrado en el césped del parque. Las hormigas le hacen cosquillitas trepando por su hocico.

Por eso ayer, cuando encontramos a ese hombre tirado en la acera a la vuelta de nuestro paseo nocturno, el perrico ni se inmutó.

- A qué viene esa cara de espanto -me dijo-, está durmiendo como un campeón.

Como yo no tenía claro que respirara lo zarandeé, y lo volví a zarandear hasta que se removió farfullando.

- ¿Qué ha dicho? -pregunté saltando del susto. El tipo permanecía boca abajo y yo no sabía si había reproche, delirio o reclamo de auxilio en ese gromf guormf rfmmfg que oía. Trosky se acercó husmeándole con su hocico por arriba y por abajo. El hombre parecía reír en ronquidos.

- Dice algo de dormir, algo de una mona y algo de a tomar por el culo de aquí, idiota -tradujo Trosky, y avanzamos.

- Como dijo Ho Chu Noik: “Nadie se acuerda de los chinos cuando pierden a la máquina” -se filtra por entre los dientes de Trosky que casi ni mueve la boca de tan despanzurrado que se encuentra sobre la hierba del parque. Las hormigas le hacen cosquillitas trepando por su hocico.

Yo no sé si Ho Chu Noik dijo o no tal cosa, si acaso existe o existió, pero razón no le falta. El caso es que el hombre con el que tropezamos ayer duerme todas las noches en nuestra calle, y casi siempre en estado de viaje, pero las más de las noches yo ni lo veo porque se acuesta en unas escaleras que bajan al muelle. Otras noches sí lo veo, pero esa silueta en la sombra, recogidita en un portal, no me inquieta. Así que lo que me alarmó fue que estuviera en la acera bien estirado y no en una de sus habituales ubicaciones, medio metro más allá. Lo que me alarmó fue el fresco de las noches de verano.

- Como dijo Shopenhauer –señala Trosky silbando una risita-: “¡Qué placentera esta hierba!”

Y puede ser que lo dijera, yo no lo niego, pero:

- Tú te estás cachondeando de mí, eh Trosky, anda levanta que nos vamos a casa.

- Como dijo Kierkegaard: “Creo que voy a tardar en levantarme”

- Y como dijo mi padre: “O te levantas o te levanto”

- Sí claro, y me vas a decir que tu padre es más listo que Søren -responde sin mover un músculo y permitiéndose una patética familiaridad con el filósofo-. Además que ya lo dijo San Agustín de Ipanema: “Deja tranquilo al perrico, anda”.

- Será de Hipona.

- El caso es que lo dijo, y éste además de filósofo es santo, así que doble autoridad.

- Pues me alegro, pues aquí te quedas riéndote con tus hormigas, yo me voy a merendar a la tasca. Ya aparecerás si quieres, y si no, esta vez yo no te saco de la perrera. Lo que no me explico es que ni la tentación de la merienda te mueva.

- Ay, Carahuevo, que escasa cultura la tuya. Si ya lo dijo Descartes: “Cogollito, ergo sum”.

Ahora lo entiendo todo, mucho husmeabas tú ayer. Trosky, chucho rastrero, está muy feo robarle el desayuno a un necesitado.

Cap 5. Pretérito futuro

(NOTA: este iba a ser un capítulo con banda sonora, pero el servidor no me permite subir el tema supongo que por razones legales y de derechos. Seguiremos probando)

Al mediodía, tras engullir un plato de pintas tolosanas, Trosky y yo dormitamos en nuestros respectivos ensimismamientos mientras suena suave en la radio un tema de Miles Davis.

suena There is not greater love de The Miles Davis Quintet

Es un momento de paz en el hogar. Del exterior entra una luz de sol tamizada por las nubes que lo inunda todo de tenue melocotón, sin rayos ni resoles. En lo acústico es el quinteto de jazz el que colma el espacio, como si la ciudad se hubiera detenido un instante a disfrutar una melodía y se negara a continuar hasta que no suene el último latido de trompeta.

En algún momento dirijo la mirada a Trosky y no me parece ni tan vulgar, ni tan feo, ni tan despreciable. Tumbado todo lo largo que es deja sin cerrar un resquicio de ojo para que entre por él la luz naranja. Mueve cada poco casi imperceptiblemente las orejas: no sé si es su parte dormida o la en vela la que se desliza con Davis.

Pero en casi todo momento mi mirada se queda en el agujero negro que hay en el techo justo encima del sofá. Mi mirada quiebra y escora para colarse por aquella rendija que va de Babia a la luna de Valencia. Tras la grieta se sumerge en un mar de futuribles, dejándose remolcar por corrientes idealizadas unas veces, apaciguada en la calma chicha de sueños edulcorados otras, arrastrada sin rumbo por hipocóndricas tempestades las peores de las veces. Hoy reina en el océano un apacible sosiego sin marejadas.

En un caso de sincronización en la evolución de los pensamientos, quizá debido al recorrido que marcan las notas, saltamos al mismo tiempo con súbita alegría:

- ¡Ya sé qué te voy a comprar por Navidad, Trosky!

- ¡Feliz otoño, Carahuevo, hoy comienza el otoño!

Y respondemos de nuevo al unísono:

- ¿Otoño? -yo.

- ¿Navidad? -él.

Trosky, irguiéndose, no deja de mirarme con estupefacción y rabia, como el niño que sacan sin previo aviso y con evidente precipitación del castillo hinchable.

- Qué vienes ahora con monsergas de Navidad -me reprocha-, hoy empieza el otoño. Acaba de nacer y ya lo quieres matar.

- Si supieras lo que te he pensado comprar -respondo descolocado.

- ¡Me da igual! No quiero perder ni un segundo de equinoccio pensando en algo que ha de suceder dentro de más de una estación. Para un humano puede ser divertido vivir dentro de la mente aventurando cómo será el futuro, pero te aseguro que a los perros nos gusta el presente.

Disgustado, Trosky apaga la radio. De la calle asciende una jauría de cláxones y motores. Se tumba de nuevo y bufa.

Yo pienso en los viejos lobos de mar de la Barceloneta que pinta Mendoza en ‘La ciudad de los prodigios’: lastrados por “tantas horas de ocio desperdiciadas en forjar ensueños y proyectos” en alta mar, lejos de su tierra “a la que ya sólo les unía la memoria”, quedaban condenados a una perpetua inadaptación al volver a tierra firme, “enfrentados a una realidad distinta”.

Dios sabe lo que me cuesta reconocerlo, pero creo que esta vez el perrico tiene razón. Me siento responsable de su disgusto. Con objeto de reconciliación le pregunto:

- ¿Quieres saber lo que te voy a comprar por Navidad?

- ¿Qué? -responde aborrecido, como si dijera: anda desembucha de una vez y déjame en paz, no ves que ya me has fastidiado la siesta.

- ¡Un e-book!

- Y para qué quiero yo ese engendro luminoso -contesta pausadamente, sin levantar la cabeza.

- Tendrías todos los libros reunidos.

- ¿Qué ganaría con eso?

- Tendrías más sitio.

- Vete del piso.

- No tendríamos que estar todo el día recogiendo libros.

- Te recuerdo que eres tú quien recoge -farfulla adormilado-, a mí me gustan así: desparramaditos para mejor husmear.

- Y la de tiempo que pierdes buscando libros y capítulos: con el e-book lo tendrías todo ordenado y un sistema de búsqueda…

- Soy un perro: tengo el tiempo por castigo.

Me quedo sin argumentos.

- Venga duérmete -me bosteza- y feliz otoño.

- Feliz otoño -le respondo, pero no puedo dormir.