Cap 14. Capirotland

Decididamente este no es sitio para un perro,pero yo no pienso perdérmelo, así que no nos vamos a casa. Además resulta imposible moverse un palmo en este mogollón.

- No nos vamos a casa, Trosky.

- Tengo miedo.

Normal que tenga miedo, yo también lo tendría si fuera un cuadrúpedo.

- Mira, Trosky, Ecce Homo va en cabeza seguido a tres costaleros de María Magdalena. Nazareno se ha quedado rezagado y está haciendo tapón, no deja pasar a Última Cena que le va a rebufo.

- Y por qué tanto ruido.

No, hombre, no. Así no. Un poquico de espíritu penitente, por favor.

- Pues la mascletá bien que te gustó.

- Allí no llevaban caperuzas de ku kux klan. Uno me ha mirado; por los aujericos se veían sus ojos bañados en sangre.

- Pero si ese era Iñigo.

- ¿El impredecible? ¿Y de qué se esconde?

- Motivos no le faltan, pero no se esconde.

- ¿Entonces?

- Mira, en los tres últimos pasos ha pasado medio barrio encapirotado.

- Pues habrá que mudarse.

No sé cómo explicarle que no hay escapatoria. Están en todos los sitios. Son más que nosotros y hacen más ruido. Yo ya me he resignado. Además que no resulta fácil escaparse de un paisaje: cuando uno quiere darse cuenta ya forma parte de él. Si en tu paisaje hay una catedral tardo románica, por ejemplo, es más que creíble que vayas a comprar tabaco y acabes en el álbum de un joven alemán. Si está plagado de camellos, lo normal es acabar en el álbum de las fuerzas de seguridad. En la curva de la estación La Dolorosa adelanta tres pasos de golpe y se dirige como una saeta hacia las procesiones de cabeza. Al estamparse contra un chaflán, La Oración en el Huerto ha dejado en la calzada un reguero de hojas de olivo.

- ¡Santa María Purísima! ¡Qué emoción! ¿No te eriza los pelos tanto misterio, Trosky? ¿Trosky?

Habrá ascendido en cuerpo y alma a la buahardilla. Levitando, digo yo, porque el tránsito por tierra está imposible.

- Disculpe, señor, ¿ha visto largarse al chucho que estaba conmigo?

- Calla, hombre, que entrán en la recta final. ¡Aaaay!

- Flagélese con más cuidado, coña, que casi me da.

No sé qué demonios pinto yo aquí, quién me habrá convencido de que esto podía tener algún interés. A mí, que soy más de amen que de amén. La puñetera admiración de algunos artistas por el misticismo de la Semana Santa. Seamos sinceros, a mí no me mueve nada  por dentro; por fuera sí me mueve pero contra mi voluntad. Dejen de empujar, puñeta.

- Señora: eso que tiene en el codo es mi ojo.

Mi vecino deja de latigarse y apunta con el dedo.

- Oiga, ¿no es ese su perro?

- Sí, míralo, pero qué hará ahí encima del paso de la crucifix… No, no. Se parece pero no es. No creo que sea.

Trosky, contente, es una cruz, no es pino, una cruz… Contente, contente, ¡¡baja esa pati… ¡Mierda! Ahora sí que nos comen.

Cap 13. Zarandajas

La Contradicción es hermosa

Iñigo el impredecible


- Perro rata, me ha llamado perro rata.

Qué nervio gasta Trosky, escaso se le queda el parque.  Mientras dice zancadea arriba y abajo golpeándome de tanto en tanto las piernas. Me desestabiliza.

- No digas tonterías, Trosky.

- Tú lo has oído lo mismo que yo: perro rata aburrida.

- Perorata, ha dicho que le aburría tu perorata.

- ¡Será infeliz y calamidad! Me saca de mis encuestas. ¿Quién se habrá creído que es para hablarme con esa rentabilidad? ¡Concupiscente! ¡Sinécdoque de orangután!

Trosky se refiere tan desordenadamente a Iñigo, apodado “el impredecible” por error, ya que el alias le viene del colegio donde siempre tenía que ser el primero y no se le podía preceder. Era el insoportable que resolvía todos los problemas de matemáticas en el encerado, señalaba en el mapa la más minúscula capital y llegaba el primero tanto en las carreras de velocidad como en las de fondo. Sin peloteo, lo suyo era pura soberbia. Más tarde, en el instituto, dejó de salir a la tarima y nadie volvió a verle con los dos pies despegados del suelo, pero siempre, siempre (en clase, en las partidas de guiñote, en los porros matutinos) era el primero en hablar, siempre tenía que tener la primera palabra, por lo que fue adaptándose extrañamente al error. En los últimos años de bachiller se volvió punki dualista y comunista heterodoxo a un tiempo, por lo que el apodo terminó haciéndole justicia. Yo que le conozco desde los tiempos de comer tierra y lombrices sabía que acabaríamos los dos en el parque paseados por el perro cuando el común de los mortales calienta la oficina. Federico es su san bernardo: cinco veces Trosky, perro con todas las letras con problemillas nunca admitidos con el alcohol.

- Es que es verdad, Trosky. Nos estás dando una tabarra…

- ¡Zarandajas! Os estaba instruyendo acerca de la explicación desde la perspectiva cínica pre estoica de la crisis económica actual. La cuestión es sencilla y no me cansaré de repetirla: La banca presta dinero con el triste afán de recuperarlo multiplicado, están en un error de…

La tabarra que nos estás dando, Trosky. No podías hacerte un martini con Federico u orinar cada ligustro con los demás perros, tenía que darte por filosofar, hoy, como si no tuviéramos bastante con que sea martes. Y no te digo todo esto que pienso por temor a una extensa replica.

- … pero si yo como receptáculo te digo que no tengo ningún inconveniente en recibir en medida de mis posibilidades y tú como…

- Dame la pelotica, Trosky.

- Y una poca leche, Iñigo, que me la tiras por ahí.

-No te la voy a lanzar. Dame la pelotica, por favor.

- Esta bien, toma. ¡Qué cabrón!

Habrá sido predecible, pero la pelotita la ha mandado bien lejos y Trosky es muy canijo cuando por fin la encuentra. Iñigo y yo nos deleitamos con el silencio. Cuando acerca, como ahora, el índice a la comisura del labio algo está tramando. Trosky ya regresa dispuesto a perorar pero Iñigo se adelanta:

- Mira, Trosky, a todos nos gusta Mary Poppins, pero si el banquero se niega a volar la cometa nuestro deber ciudadano es coger el hilo y trenzar una soga.

La sentencia deja helado a Trosky. Federico vomita. Son las once de la mañana. Llueve demasiado poco para mí.

Cap 12. Feliz relatividad

A todos esos idiotas que van por ahí con el felices navidades en la boca habría que cocerlos en su propio puding y enterrarlos con una estaca de acebo clavada en el corazón.

Mr. Scrooge

Más reptil que cuadrúpedo, Trosky intenta salvar de entre las hebras de la alfombra un rastro de almíbar que se desprendió del melocotón camino a la mesa. Tía Concha no le deja sentar y comer como las personas, el resto de comensales no ponen objeción pero tía Concha no quiere cánidos en la mesa el día de Navidad.

- ¿Por qué celebráis hoy la Navidad si es día 31? -pregunta Trosky.

- Calla -susurro respondo.

- Dile a tu perro que no hable mientras permanezca en mi presencia, esa cosa endemoniada de bicho me llena de pavor -amenaza tía Concha. Y se hace el silencio.

A mi derecha, prima Josefa sopesa detenidamente la cantidad de turrón a ingerir como trigésimo plato. Para que las fiestas saturnales no le hagan desfasar la cintura sin privarse de ninguna delicia gastronómica, propósito personal que este año se ha marcado para poder pasar del consomé, la cantidad permitida de dulce es de 0,7 gramos, concluye.

- ¡Que aproveche! -le sorna primo Carmelo que se sienta frente a mí tanto a la derecha como a la izquierda- Tal exceso de moderación no puede ser saludable –sentencia.

Según la teoría de primo Carmelo la verdadera moderación consiste en cometer excesos con mesura, ya que, si ningún exceso es bueno, tampoco lo es el de comedimiento. Trosky está histérico, tiene la lengua como un colador, da vueltas sobre la alfombra como si realmente no alcanzase a morderse la cola. La paradójica teoría del orondo primo Carmelo lo tiene inflado de preguntas que no se atreve a compartir ante la imponente presencia de tía Concha.

- ¡Oh, por Dios! –dilapida la matriarca- esa cosa peluda tuya me está atacando los nervios, creo que me está alterando la tensión, no sé si para arriba o para abajo.

ilustración de Albertísimo

Afortunadamente otra conversación desvía la atención de todos. Tío Alberto recrimina a Edmond que le hayan echado de su puesto de creativo de una empresa financiera en Nueva York “después de todo lo que hemos invertido en tu educación”. Primo Edmundo se fue hace un par de años a la Gran Manzana para masterizar sus conocimientos de mercadotecnia. Como buen gusano, cambió su nombre por Edmond y su apellido por Eggface, pero no consiguió cambiar la pasmosidad ante la vida propia del cromosoma. Tras una breve incursión en el voraz mundo laboral estadounidense fue despedido aduciendo falta de iniciativa.

- La culpa no es mía –alega-, a mí nadie me dijo que tuviera que tener iniciativa.

Trosky está a punto de reventar, no puede contenerse a comentar tremenda defensa, pero la situación no se lo permite. Empieza a emitir variados ruidos guturales, llora, aulla, patalea…

- ¡Ya está bien! Llévate a esta abominable bestia de mi casa.

- No seas así, tía –defiendo-, si al menos le dieras alguna cosica para comer se entretendría y no daría tanta guerra.

- ¿Te crees que tengo pienso para perros en esta casa?

- Pero mira cuántas sobras… si las vas a tirar.

- ¡Ja! Lo que faltaba, darle comida de personas a un chucho pulgoso. ya está bastante gordo este perro tuyo.

- ¡Gordo! Pero si es un esqueleto.

- Parece mentira, Lalo Carahuevo, con todo lo leído que tú eres, que no hayas oído hablar de la teoría de la relatividad.

La perplejidad de mi rostro le lleva a explicar:

- ¡Todo es relativo! Si este bicho fuera un cordero o un lechón, estaría evidentemente arguellado, no habría donde sacar tajada. Pero siendo, como es, un parásito, toda hechura es mucha, al menos hasta que se digne a venir ese primo tuyo vietnamita al que no me canso de invitar. Todo es relativo.

Bajo el sillón hay una alfombra; bajo la alfombra hay una ficha de parchís; bajo la ficha de parchís hay un ácaro; bajo el ácaro se esconde Trosky con las orejas pegadísimas a los papos. Desde allí puede escuchar cómo tío Macario, con un exceso relativo de brandy, levanta la copa y nos felicita a todos efusivamente la Navidad.

Cap 11. Culíchuli

[Los psiquiatras] intentarían convertirme en un subnormal enamorado de la televisión y de los coches nuevos y de los alimentos congelados. ¿No comprendes? La psiquiatría es peor que el comunismo. Me niego a que me laven el cerebro. No seré un robot.

Ignatius Reilly

Tras nuestra última (no se dude de la literalidad de la expresión)  incursión en tierras agrestes Trosky no ha vuelto a ser el mismo. Hasta hoy. Su mutismo me ha llegado a exasperar, su expresión traumada de mirada acusadora lleva aguijoneándome tres semanas. Cuando el gruísta trataba de sacarle de aquel cenagal de la selva de Irati encontró una resistencia mucho mayor de la esperada: el perrico no salía. Tuvo que engancharse una segunda grúa y al final las tres al unísono para liberarle. El problema se encontraba en su pata derecha trasera a la que se había enganchado el estribo de un caballo que a saber cuánto tiempo llevaría allí sepultado. Podía intuirse, imaginarse más bien, que había sido un equino palomo y vigoroso, aunque su crin ahora era petróleo, su lomo lignito, sus patas gusanos luengos y oscuros que emitían una risita retorcida, sórdida, carcómea, irritante.

Entiendo bien el impacto que produjo en el chucho esta imagen, pero no que me hiciera responsable (sin palabras, con una actitud ignorante) de lo sucedido. Yo sólo pretendía liberar su irracionalidad en un paraje salvaje, hacerle sentir, volar… aunque la verdad es que terminé por hundirlo. Al menos podría agradecerme los cinco centímetros de alzada que ganó al sacarlo de la ciénaga. Desde que volvimos, en la casa empezaron a crecer hiedras en los techos, zarzas en las paredes, ortigas camufladas en cerbero en los rodapiés. La luz del sol se carga de plomo al traspasar el dintel de cualquier ventana, dentro de mis huesos no ha cesado de llover. Repito, hasta hoy.

Esta mañana he llegado de la compra: pintas secas, lentejas, chorizo y huevos, estos últimos para hacer una tortilla de calabacín. Calabacín no he comprado porque aprovechando la nueva climatología del hogar hemos hecho huerto en el sofá. Lo único que ha crecido han sido los calabacines: en tres días teníamos unos ejemplares lustrosos. Cuando esta mañana he vuelto de la compra Trosky se encontraba frente a los calabacines absorto. Le he saludado y él me ha vuelto a contestar con vacío y ausencia, pero de repente, cuando menos lo esperaba…

-Siempre me he preguntado si el calabacín es un símbolo fálico o el falo un símbolo calabacíneo –ha dicho. Lo normal hubiera sido contestarle con algún tipo de agresión verbal.

-Es una interrogante que se desliza por el transcurso de la historia de la humanidad, creo que desde los albores de la horticultura –he contestado, sin embargo.

Cap 10. Fango en La Arcadia

Una densa bruma se extiende a pocos palmos del agua. La niebla le da al embalse aspecto de en cualquier momento nos engulle un apestoso monstruo acuático dulce. El hayedo que circunda el embalse es un lodazal de aquí no te menees. “Me has traído a una maldita nube fangosa”, me dijo visiblemente ofendido Trosky cuando llegamos esta mañana con el primer rayo de sol. De eso hace ya más de seis horas, cuando la densa bruma se extendía a escasos dedos del agua.

- Amanecer en nebulosa, comida campestre -le contesté a modo de refrán cargado de sabiduría popular con tal convicción que a él no se le ocurrió objetar al respecto. Trosky profesa una gran fe por el conocimiento arrastrado por generaciones; piensa que es inútil, por eso cree a pies juntillas cualquier sentencia tradicional.

La verdad es que me fastidia, y mucho, haber errado con el día para realizar esta excursión iniciática con Trosky. ¡El periódico de ayer vaticinaba para hoy sol y buen tiempo! Lo que más me molesta es que, tras horas dándole vueltas y atando cabos de pequeños detalles que ayer no me terminaban de cuadrar, he llegado a la conclusión de que probablemente el periódico que leí ayer fue el del domingo de la semana anterior. ¿Cómo pude no darme cuenta, aunque sólo fuera porque, como géminis que soy, ayer me encontraba eufórico, lleno de actividad, y no apagado y pesaroso cómo me diagnosticaba la sección de astrología? Al parecer, el horóscopo y el parte meteorológico registraron las mayores variaciones en la prensa de un domingo a otro.

Si el mapa turístico y mi sentido de la orientación se han puesto de acuerdo, justo delante de mí debe levantarse un imponente monte. Creo reconocer tras la niebla la misma silueta que traza la fotografía del folleto, pero es muy probable que cuando por fin se disipe la espesura la realidad me desmienta, así que no hago excesivo caso a lo que suponen mis sentidos. ¡Y lo que me costó convencer a Trosky para que nos embarcáramos en este viaje! Lo primero que me contestó ayer cuando le propuse una expedición a esta selva fue que él sólo tenía dos principios: no beber vino de cartón y no merodear parajes indómitos. Saqué toda mi artillería de argumentos: su reciente vindicación del otoño (Nota: ver Cap 5), la variedad cromática de rojos y ocres que iba a revolucionar su inspiración plástica, el éxtasis de la aventura, la seguridad de las rutas turísticas convenientemente señalizadas, la búsqueda de los orígenes, el viaje interior, las proverbiales lentejas de Venta Juanita… Trosky, sometido a un bombardeo continuo y sin cuartel, accedió finalmente, pero con dudoso convencimiento.

Al llegar esta mañana y encontrarnos con tan opaco panorama me he visto obligado a recurrir a sus más primarios instintos para que no insistiera en dar media vuelta, lo que, por otra parte, habría sido lo más razonable (he de decir en mi defensa que entonces todavía creía que nos encontrábamos ante una niebla anecdótica). Con persuasiva efusividad le recordé que ese hocico espigado suyo está creado para husmear y seguir rastros; que si es un cuadrúpedo con el punto de gravedad ahí abajo es para correr, brincar, sortear obstáculos; que sus mandíbulas son fuertes porque deben defenderle y procurarle alimentos; que los movimientos nerviosos de sus orejas tienen como finalidad identificar peligros y oportunidades en el mundo salvaje… “¡Vamos Trosky, busca al lobo que llevas dentro!”

Y tanto que buscó. Arreciado por la arenga Trosky empezó a correr gritando “Licaón, rey ofendido, abre la puerta a tu herencia, aquí llega tu hijo pródigo” y otras insensateces poco propias de un cánido y se introdujo a brincos entre árboles y arbustos, ¡en ningún momento le permití abandonar la pista forestal! Yo le llamaba a gritos y le ordenaba que volviese a la senda pero el ya estaba inmerso en su papel del último mohicano y no atendía a razones. De repente, en seco, dejé de oírle. Yo sabía que estaba cerca: le estaba escuchando hace nada aquí al lado, aunque la niebla dificultaba situar aquí al lado con exactitud y el muy perro no decía nada. ¿Qué le habrá pasado? ¿Por qué este silencio de repente? Como cinco horas estuve gritando su revolucionario nombre en  la densidad de la niebla en un área no superior a quince metros de largo por tres de selva adentro. No es que no me atreviera a separarme más del camino, es que el perro tenía que estar allí. La verdad es que en casi ningún momento dejé la estabilidad de la tierra apisonada porque era tontería ponerse en riesgo también entre tanto ramaje. Sólo cuando la niebla levantó mínimamente y permitió una inspección superior al palmo desde la nariz, me atreví a sacar mis pies de la pista, que la intrepidez no debe estar reñida con la prudencia, y fue entonces cuando encontré al perrico farfullando una oración de insultos contra mí, sumergidas las cuatro patas y el pecho en un denso charco de barro del que sólo asomaba cabeza, lomo y rabo. Lo primero me dio la risa, después me enfadé: ¿por qué no me había contestado y me había tenido tanto tiempo llamándolo y preocupado? ¿es que no se daba cuenta de que yo no sabía si estaba vivo o muerto? Por último le ofrecí ayuda para salir.

- Yo sólo tengo dos principios -me contestó-: no beber vino de cartón y no dejarme ayudar por imbéciles embusteros que me sumergen en la más humillante inmovilidad.

- No seas idiota, ¿cómo piensas salir de aquí?

- Según las estadísticas, pasa un camión grúa remolcando un coche o yendo a buscarlo cada dos horas y media aproximadamente. Llevo aquí cinco horas, en cualquier momento pasarán por aquí aproximadamente dos camiones. Al menos uno de ellos no podrá negarme el favor.

De nada sirvió que le explicara que esa estadística de rigor incierto se circunscribe a la ciudad donde vivimos y no puede extrapolarse al hayal donde está enfangado y donde está  prohibido el tráfico rodado. Trosky tiene fe ciega en la estadística. Cree en esta ¿ciencia? más que en nada en el mundo.

El terco perrico sigue ahí hundido y yo haciendo tiempo para comer pensando cómo será la vida sin animal de compañía: la soledad tiene sus ventajas pero ¿se parará ahora alguien a charlar conmigo en la calle? ¿volverá a dirigirse a mí María, la nieta de la vecina del 2º E, ahora que ya no irá Trosky a mi vera? Voy a darle la última oportunidad al perrico, ya son pasadas las dos, lleva más de siete horas enfangado ahí, eso sí si me dice que no…

En esta última media hora la nube se ha disuelto bastante, incluso se intuye un rayo de sol. Los prometidos rojos y ocres empiezan a abrirse hueco y a presentarse a una velocidad asombrosa -evidentemente, el imponente monte no estaba donde yo suponía-, ya se distingue incluso el camino en el lado opuesto del embalse por donde llegan despacito en caravana (oh, cielos) las grúas de los tres reyes mecánicos.

Cap 9. El bululú onírico

Al principio, cuando Trosky hablaba de su “gran vida interior” yo creía que se refería a la kilométrica solitaria que necesariamente debe tener instalada en el aparato digestivo para hacer compatible su voracidad y su escualidez. No sé por qué Trosky se ofendía al suponerle yo incapaz de mayor abstracción, total, es sólo un perro. Con el tiempo fui progresivamente percatándome de mi error, aunque no admitiéndolo (no públicamente, menos a él). Sin embargo mi cambio de opinión no fue debido a sus triviales y obscenas manifestaciones de profundidad de análisis y de pensamiento; ni a sus ditirambos fervorosos de autores de los que sólo había leído una reseña, quizás en una contraportada, y que frecuentemente confundía; ni a sus metáforas estúpidas por las que una ventosidad era “luciérnaga de leguminosa”, ni tampoco por sus éxtasis fingidos en los que aseguraba haberse sumergido en el cuerpo mismo de San Antón Bendito, patrón de los animales. No, el aspecto trascendental del Trosky consciente nunca ha presentado ningún atractivo para mí, y solo chanzas en el resto, que él acopia como loas.

En cambio, cuando el perro se desconecta, cuando, como ahora, resopla totalmente postrado sobre la alfombra buceando en las profundidades del sueño, surge un Trosky realmente fascinante. El dormir de Trosky es diáfano como el cristal, cada bufido, cada gruñido, cada gesto, cada balbuceo, cada gemido, cada suspiro, forma parte de una representación perfectamente identificable, con un poco de intuición. Él representa todos los personajes de esas historias literalmente de ensueño, como un bululú onírico, historias por otra parte con tramas dignas de Chesterton, Celine o Chejov. Hoy está soñando una de romanos, en su siseo se adivina cómo una joven esclava pide la muerte a los dioses del Olimpo antes de que un legionario cristianizado la convierta en su esposa, y cómo los dioses le conceden la muerte. Sobrecogedor. Después me preguntan por qué no tengo tele.

Hubo un tiempo en que en los desayunos le pedía que me contara qué había soñado aquella noche. En primera instancia siempre negaba haber soñado, más tarde, tras realizar el esfuerzo que le solicitaba, terminaba por rememorar alguna escena suelta y descontextualizada, pese a que Trosky sueña con gran coherencia narrativa. Cuando se refería a estas escenas parecían sueños burdos, idiotas, convencionales, nada que ver con el espectáculo nocturno. Otra cuestión que me intrigaba (y para la que todavía no he hallado respuesta) es que siempre recordaba estas escenas como jocosas, o al menos así las narraba, aunque yo sabía que unas habían sido cómicas, otras dramáticas y otras terriblemente dolorosas. ¿Por qué? La verdad es que sus relatos matutinos no tenían nada que ver con sus representaciones oníricas, pero a mí me agradaba jugar a la comparación, y me amenizaban el desayuno. “Era un tren que recorría un estrecho desfiladero andino -relataba con efusividad- y yo era un perro maya, como la abeja, que corría delante de él siempre con la locomotora pegada al culo, de vez en cuando la cuña delantera me pillaba el rabo y ¡ay! daba un brinco y aceleraba la carrera, pero seguía teniendo el tren a un segundo de pasarme por encima”. Los dos reíamos, yo con cierta conmiseración camuflada, él quedaba exhausto de carcajadas y buscaba cualquier excusa (lectura, noticiario radiofónico, somnolencia, cuadernos de pinta y colorea) para quedarse un momento en soledad.

Si dejé de pedirle que recuperara sus sueños no fue por el desplome literario que se producía respecto al espectáculo del bululú onírico, tampoco por que me apiadara de él por el gran esfuerzo que le exigía rememorar, sino porque empecé a leer a Freud y concretamente La interpretación de los sueños. Descubrí tal cúmulo de perversiones en los recuerdos oníricos de trosky que ya no me atrevía a andar desnudo por casa, tal aglomeración de complejos que no podía mirarle sin que me invadiera una misericordia poco propia en mí. Obsesiones y delirios que nada me interesaban y que frecuentemente podía interpretar como una amenaza para mí, si me ponía las lentes de quisquilloso.

Pero ¿por qué se producía ese abismo entre la sublime obra inconsciente y la pueril y cargada de culpa rememoración consciente? Yo no soy hombre de preguntas, menos aún de respuestas, así que decidí dejar ese juego perverso de psicoanálisis y dedicarme exclusivamente a la deleitación de su inconsciente pasando olímpicamente de su subconsciente. Ahora, el doloroso legionario romano busca respuestas en su dios solitario y no encuentra más que dogmas y resignación. Por supuesto nunca explicaré a mi perro que cuando sus percepciones revolotean y vagan buscando rumbo en su cerebro desorganizado es cuando consigue crear mensajes coherentes y realmente poéticos y profundos. Posiblemente con el conocimiento el encanto se disolvería. Lo que sí haré, lo que ya he intentado varias veces sin éxito, será robarle sus sueños. Estoy convencido de que si consiguiera poner negro sobre blanco con precisión y destreza cualquiera de sus representaciones oníricas alcanzaría la consecución de una obra, por fin, literaria.

Cap 8. Proverbios chinos

- Como revela el proverbio chino, “a los abogados  habría que caparlos a todos” -dice mi perro Trosky; y lo peor es que lo dice muy serio, realmente está convencido de que es un aforismo oriental que leyó como hace dos días. Pobrecico. Confunde. Lo que sí leyó hace dos días fue un proverbio que le entusiasmó. “Merece quedarse ciego quien vea los hilos de las marionetas” rezaba la máxima que estuvo repitiendo constantemente durante toda la tarde. ¿Tú ves los hilos de las marionetas?, preguntaba a los transeúntes mirándoles a los ojos, sujetando una cuchara de latón. Al día siguiente hizo cientos de variaciones sobre la oración original entrando en juego marionetas ciegas que comen chorizo, títeres en asilos que merecen un premio o ciegos con sigilo que se parecen a Maria Antonieta, entre otras extravagancias. Hoy ya no guarda recuerdo del proverbio, lo gastó de tanto usarlo, pero todo lo que le viene a la cabeza cree firmemente haberlo leído hace dos días bajo el epígrafe Proverbio chino. Tontico: confunde lo que lee sin pensar con lo que dice sin leer.

Eso sí, con el contenido de su mensaje no puedo mostrarme tan disconforme. La diatriba contra los abogados ha venido motivada por algo que ha dicho mi amigo Roberto, por su puesto abogado, con el que estamos tomando café en el bar de debajo de casa, La Tasca Vasca, para más señas. No recuerdo muy bien de qué estaba hablando Roberto, a veces me cuesta seguirle el discurso y me limito a cabecear afirmativamente mientras mis pensamientos discurren por cauces diversos. Es buen chico este Roberto, amigo desde hace ya mucho, desde la infancia (si los abogados tuvieran infancia), lo único es que es algo… no sé, algo abogado. Porque, entiéndaseme, hay abogados que no son tan abogados, pero éste es abogado abogado.

- Dile a tu chucho que mire más sus palabras -me dice Roberto, a Trosky no se dirige porque representa a varias personas que tienen antepuestas denuncias contra él.

- A no, yo no interfiero por nadie, no es mi faena. No le hagas mucho caso al perro.

Roberto queda pensativo unos segundos, creo que sopesa la pertinencia de marcharse, al final quita herrumbre con una sonrisa (de abogado) y se dispone a seguir su cháchara. Ahora no me puedo evadir, con el calor que ha tomado el asunto.

- Como iba diciendo -continúa Roberto- me tienen frito en el buffet, claro que es un orgullo pertenecer a Ríos y Entrecanales Abogados y a mí me encanta mi trabajo, soy de los afortunados que pueden decir que trabajan por puro placer, pero es que hago doce horas diarias, a veces más, y bien, estoy bien pagado, no me quejo, y las horas que meto en el despacho me las pagan todas meticulosamente, aunque se vean obligados a meter dinero bajo mano, pero ¿qué hay de todo el trabajo que me llevo a casa?, la verdad es que no hay día que no salga del trabajo con algún dossier bajo el brazo. Me tiene un poco cansado esa situación, no sé, a veces siento que me están robando dinero al no remunerarme todas mis horas. Quizá debería hablar con ellos, hacerles ver mi situación, aunque temo que lo tomen como una descortesía, o como desagradecimiento y nada más lejos de la realidad. No sé ¿tú que piensas?

Lo que pienso es “mierda” porque hace rato que mi mente, incapaz de prestarle atención a Roberto, indagaba en la dejadez migratoria de las cigüeñas. ¿Quién iba a pensar que me iba a pedir interlocución si no lo ha hecho en los últimos quince años? Afortunadamente, Trosky me hecha un capote con sus impertinencias. El perro se sube a un taburete a nuestro lado, se acoda en la barra, y se dirige a Rafa, el camarero malagueño de La Tasca Vasca, amigo y confidente.

- ¿A que no sabes, Rafa, la diferencia entre una persona normal y un abogado? En que si a una personal normal -prosigue ante el gesto de interés del camarero- le hacen trabajar doce horas se dirige a su jefe y le dice: Eh, usted, que me está robando mi tiempo, mi tiempo es mío y tengo muchos quehaceres y esparcimientos en los que derramarlo. En cambio, un abogado calcula primero el equivalente económico de ese tiempo, después pondera la posibilidad de reclamar ese montante sin perjuicio a su estatus, y después se ha hecho viejito y tosco y rico independientemente de haber conseguido o no ese aumento.

- Bueno, yo me tengo que ir ya -me dice Roberto-, quedamos otro día y echamos otro café ¿eh?, pero sin el perro ¿eh?, me gusta mucho charlar contigo.

- Como enseña el proverbio oriental -declama Trosky cuando el abogado aún no ha traspasado la puerta del bar- “el que dice que trabaja por placer debería quedar mudito para toda la vida”.

¿Realmente habrá un proverbio así?

Capítulo 7. La Municipalidad

La huella acústica del deglutir legumbres de Trosky magrea toda la habitación. Su boca es una hormigonera orgánica.

- ¿Por qué tienes que ser ten ruidoso en tus costumbres, Trosky? -le pregunto con voz de batalla perdida-. Mira que hoy mismo va a personarse en casa la Municipalidad, con el gran edil al frente -subrayo-, para tomar cartas en el asunto.

Trosky me muestra en un gesto su más sincera indiferencia y sigue comiendo.

- Ah, pertinaz insensato -digo con intención-, no ves que el señor acalde tiene todas las llaves de la ciudad, que lo mismo puede abrir que cerrar.

A Trosky no le dan miedo los alcaldes: es un bravo.

- Sabes bien que soy un cagueta -corrige-, pero no hay donde temer.

Los alcaldes muestran la cara más jovial de la política, la más jocosa y forofa. A un ministro sumido en la amargura no hay más que colocarlo al frente de una golosa municipalidad para devolverle el ánimo; está comprobado. Excepto tiernas excepciones los alcaldes alardean de un vocabulario procaz, gustan de mostrar su incondicionalidad con los intereses del municipio ya sea por encima de su partido, de las reglas del juego o de la propia ciudadanía; cualquier exceso reprochable a un representante autonómico o estatal  resulta en un alcalde simpático, gracioso, síntoma de su sintonía con el vulgo. Por supuesto, estas profusiones están vetadas a un concejal (al menos deben ser prudentemente moderadas) a riesgo de quedar por vanidoso prepotente o de ser deleznado como presunto usurpabastones.

Yo le he explicado a mi perro que el poder de un alcalde en una ciudad es omnímodo: bien sea por cauces oficiales, vía decreto, u oficiosos, haciendo valer sus influencias, ese simpático monigote encandilador de las cámaras locales y autonómicas puede amargarnos la existencia. ¿Por qué no teme entonces nada Trosky? ¿Por qué no procura ser más pacato en su engullir legumbres, menos tremendo? La verdad es que a mí también me sorprendió la misiva extraoficial que recibimos hace dos días solicitando audiencia en nuestro propio domicilio y en domingo para debatir sobre “la engorrosa cuestión de las malas costumbres en la mesa de su animal de compañía”. Ante las quejas dirigidas directamente a nosotros por los vecinos de nuestro barrio y los colindantes adoptamos hace semanas soluciones sin que tuviera que mediar en el asunto guarda, alguacil o sereno ninguno: decidimos insonorizar a conciencia la buhardilla que ahora es casi un bunker, antes de cada comida cerramos todas los vanos y yo pongo un bolero a considerable volumen para armonizar cualquier decibelio aventurero que sortee las barreras. He hecho una encuesta, y los vecinos están encantados con el dulce ronroneo apenas audible que ahora exhala nuestra casa cinco veces al día. Según me han explicado, les regocija enormemente.

- Ese es el problema -replica el orondo alcalde que ya se halla en nuestra morada flanqueado por los ediles de urbanismo y medio ambiente. Al parecer, según explica, ese sonido a baja frecuencia no sólo alcanza el bloque de pisos, sino que va más allá-. Se traslada por el aire y por el medio sólido actuando sobre todos los individuos de la ciudad, aunque no sean conscientes de estar escuchándolo -añade sin poder evitar acariciar el lomo de Trosky que había arrimado cariñosamente la pleura a la pierna del primer edil-. Venga, está bien, está bien, chucho bueno, pero ahora no molestes – le susurra empujándolo suavemente-. No sé si usted es consciente del efecto de este influjo, pero la ciudad entera, cinco veces al día, se paraliza durante veinte minutos para arrojarse en manos del hedonismo más pueril: hay quien busca chocolate, otros longaniza, otros con quien bailar, otros se tumban y dormitan en cualquier sitio. Los hombres fuertes conseguimos reprimir y dominar esos impulsos aunque también hasta nosotros se presenta la tentación, pero los débiles… los débiles no ofrecen ninguna resistencia y no sé si es usted consciente de la flaqueza que predomina en el vulgo…

El señor alcalde, que había intentado imprimir una progresiva autoridad a su discurso, se paraliza en este punto. En realidad se ha quedado mirando melosamente a Trosky que, sentado frente a él, le mira a su vez con cara de perrico insignificante y bueno. En ese momento propicio Trosky gira la cabeza hacia la derecha levantando suavemente la oreja izquierda y profiriendo un levísimo gemido.

- Las amenazas, señor alcalde, las amenazas -susurra el edil de urbanismo rescatando al alcalde de su embeleso.

- Está bien -continua el alcalde con tono relajado-, me gustaría que fuera consciente de que una ciudad de progreso como ésta no puede permitirse semejantes pasatiempos diarios.

Aunque los concejales le azuzan para que sea más contundente y me haga llegar las amenazas veladas que anteriormente han convenido, el alcalde decide poner en este punto fin a su exposición y se despide cortésmente.

- No hay alcalde que se resista a un correcto girar de cabeza -dice Trosky cuando ya se han ido-, pero esos concejales de urbanismo -gruñe-, no hay quien pueda con los de urbanismo.

Cap 6. Lunático

“Pero seguí volando

desperadamente”

oliverio girondo

¡Trosky! ¡Trosky! ¿Dónde te has metido, perrico? Busqué en la buhardilla y no te encontré, busqué en el excusado, en la alacena, en la jofaina, bajo la arpillera… no te encontré.

Bajé después al parque y me dijeron que no estabas. Indagué en la esquina, en la farola, en el portal, en la capilla, en el kiosco, en el presbiterio, en la bodega, en el almacén de abastos… Pero nadie había notado tu presencia aquel día; tampoco tu ausencia. Así que fui al puerto y pregunté por mi perrico que es así como recién descaparrado, aparentemente culto, con cara de huida y complexión alfeñique. Un chucho así he visto esta mañana, me dijo un viejo lobo de mar con olas lejanas en la garganta; me preguntó por un velero y yo le presté un cascarón carne de naufragio, una tela fina de lino y una cruceta de caña para encaramarla, añadió. Mostró mucho interés por zarpar, justificó su negligencia el marino, y yo no quise cobrarle nada por lo prestado. Por el mismo precio me cedió a mí la tapa de un bidón de gasoil y una cuchara de palo para que halara la chapa en alta mar. También me indicó el rumbo a seguir: Todo adelante.

La oscuridad se cernió sobre mí cuando ya llevaba remado mucho mar, los tiburones que esperaban mi fatiga se habían hastiado de mi denuedo y ya no me merodeaban, las gaviotas no era más que un recuerdo difuso de amenazador mirar . No temía perderme, al principio, porque mi chalupa iba dejando un rastro de lodo grasiento; más tarde me sorprendí con la de fauna marina que encuentra manjar el pingüe hidrocarburo. Da igual, pensé, para volver sólo he de avanzar todo adelante hacia atrás. Seguí remando. No sé cuándo advertí que ya no arrastraba agua salada con mi cuchara de palo sino una masa compuesta de éter y polvo de estrella. Había acabado el mar, había traspasado el confín del mundo y ni siquiera me había dado cuenta. Cómo puede ser que no me haya percatado antes de este envolvente silencio, exclamé y ni mi voz escuché al exclamarlo. Seguí remando.

No miré atrás, pero porque era fabuloso el mundo que se presentaba delante. Todas las almas de la Historia revoloteaban revueltas en un limbo no tan extenso como cabría imaginar. Cristo se medía con Sócrates los harapos, Diógenes y Nietzsche disputaban por un candil, Cervantes y Shakespeare se ayudaban mutua e  infructuosamente a liberarse de sus incomodísimas golas, Reagan procuraba olvidar. Seguí remando.

Y mira dónde te he encontrado, perrico pulgoso, ¿qué haces aquí, en la luna?

La más bella imagen de la luna

Troskyto, que te dijeron que aquí hay agua y te subiste a hacer un gin-tonic, que te embelesaste de un astro chiquito, nocturno y pálido como la muerte. Oye luna, luna, luna, que desde que te hallaron agua se te encuentra más lozana y es como que te brillan los salpicares sobre la cara. En un charquito selenita te rebozas y remozas, Trosky, y me dices que tú no quieres volver ya nunca a la Tierra. Y yo te entiendo, chucho, porque aquí no hay  ni coches ni ordenadores, pero fíjate bien que tampoco hay huertas, y ya me dirás tú de dónde sacamos aquí alubias blancas y pintas, pochas y fabas, garbanzos y lentejas. La luna está bien  para venir a visitarla.

No seas cabezón, Trosky, que aquí no nos podemos quedar, que hace frío y no hay aire, ni dibujos animados ni prensa del corazón. No, no he traído una caña para pescar legumbres y tampoco existe una agencia galáctica de cazuelas a domicilio. Deja ya de remolonear y vamos para casa, que yo he dejado toda la faena por hacer para venir a buscarte y en el mismo sitio me estará esperando y después todo a última hora y mal y cómo explico yo que estaba en la luna y no he podido cumplir.

Hay que volver quieras que no. Todo adelante hacia atrás. Normalmente se llega en un tortazo.

Cap 5. Pretérito futuro

(NOTA: este iba a ser un capítulo con banda sonora, pero el servidor no me permite subir el tema supongo que por razones legales y de derechos. Seguiremos probando)

Al mediodía, tras engullir un plato de pintas tolosanas, Trosky y yo dormitamos en nuestros respectivos ensimismamientos mientras suena suave en la radio un tema de Miles Davis.

suena There is not greater love de The Miles Davis Quintet

Es un momento de paz en el hogar. Del exterior entra una luz de sol tamizada por las nubes que lo inunda todo de tenue melocotón, sin rayos ni resoles. En lo acústico es el quinteto de jazz el que colma el espacio, como si la ciudad se hubiera detenido un instante a disfrutar una melodía y se negara a continuar hasta que no suene el último latido de trompeta.

En algún momento dirijo la mirada a Trosky y no me parece ni tan vulgar, ni tan feo, ni tan despreciable. Tumbado todo lo largo que es deja sin cerrar un resquicio de ojo para que entre por él la luz naranja. Mueve cada poco casi imperceptiblemente las orejas: no sé si es su parte dormida o la en vela la que se desliza con Davis.

Pero en casi todo momento mi mirada se queda en el agujero negro que hay en el techo justo encima del sofá. Mi mirada quiebra y escora para colarse por aquella rendija que va de Babia a la luna de Valencia. Tras la grieta se sumerge en un mar de futuribles, dejándose remolcar por corrientes idealizadas unas veces, apaciguada en la calma chicha de sueños edulcorados otras, arrastrada sin rumbo por hipocóndricas tempestades las peores de las veces. Hoy reina en el océano un apacible sosiego sin marejadas.

En un caso de sincronización en la evolución de los pensamientos, quizá debido al recorrido que marcan las notas, saltamos al mismo tiempo con súbita alegría:

- ¡Ya sé qué te voy a comprar por Navidad, Trosky!

- ¡Feliz otoño, Carahuevo, hoy comienza el otoño!

Y respondemos de nuevo al unísono:

- ¿Otoño? -yo.

- ¿Navidad? -él.

Trosky, irguiéndose, no deja de mirarme con estupefacción y rabia, como el niño que sacan sin previo aviso y con evidente precipitación del castillo hinchable.

- Qué vienes ahora con monsergas de Navidad -me reprocha-, hoy empieza el otoño. Acaba de nacer y ya lo quieres matar.

- Si supieras lo que te he pensado comprar -respondo descolocado.

- ¡Me da igual! No quiero perder ni un segundo de equinoccio pensando en algo que ha de suceder dentro de más de una estación. Para un humano puede ser divertido vivir dentro de la mente aventurando cómo será el futuro, pero te aseguro que a los perros nos gusta el presente.

Disgustado, Trosky apaga la radio. De la calle asciende una jauría de cláxones y motores. Se tumba de nuevo y bufa.

Yo pienso en los viejos lobos de mar de la Barceloneta que pinta Mendoza en ‘La ciudad de los prodigios’: lastrados por “tantas horas de ocio desperdiciadas en forjar ensueños y proyectos” en alta mar, lejos de su tierra “a la que ya sólo les unía la memoria”, quedaban condenados a una perpetua inadaptación al volver a tierra firme, “enfrentados a una realidad distinta”.

Dios sabe lo que me cuesta reconocerlo, pero creo que esta vez el perrico tiene razón. Me siento responsable de su disgusto. Con objeto de reconciliación le pregunto:

- ¿Quieres saber lo que te voy a comprar por Navidad?

- ¿Qué? -responde aborrecido, como si dijera: anda desembucha de una vez y déjame en paz, no ves que ya me has fastidiado la siesta.

- ¡Un e-book!

- Y para qué quiero yo ese engendro luminoso -contesta pausadamente, sin levantar la cabeza.

- Tendrías todos los libros reunidos.

- ¿Qué ganaría con eso?

- Tendrías más sitio.

- Vete del piso.

- No tendríamos que estar todo el día recogiendo libros.

- Te recuerdo que eres tú quien recoge -farfulla adormilado-, a mí me gustan así: desparramaditos para mejor husmear.

- Y la de tiempo que pierdes buscando libros y capítulos: con el e-book lo tendrías todo ordenado y un sistema de búsqueda…

- Soy un perro: tengo el tiempo por castigo.

Me quedo sin argumentos.

- Venga duérmete -me bosteza- y feliz otoño.

- Feliz otoño -le respondo, pero no puedo dormir.