A todos esos idiotas que van por ahí con el felices navidades en la boca habría que cocerlos en su propio puding y enterrarlos con una estaca de acebo clavada en el corazón.
Mr. Scrooge
Más reptil que cuadrúpedo, Trosky intenta salvar de entre las hebras de la alfombra un rastro de almíbar que se desprendió del melocotón camino a la mesa. Tía Concha no le deja sentar y comer como las personas, el resto de comensales no ponen objeción pero tía Concha no quiere cánidos en la mesa el día de Navidad.
- ¿Por qué celebráis hoy la Navidad si es día 31? -pregunta Trosky.
- Calla -susurro respondo.
- Dile a tu perro que no hable mientras permanezca en mi presencia, esa cosa endemoniada de bicho me llena de pavor -amenaza tía Concha. Y se hace el silencio.
A mi derecha, prima Josefa sopesa detenidamente la cantidad de turrón a ingerir como trigésimo plato. Para que las fiestas saturnales no le hagan desfasar la cintura sin privarse de ninguna delicia gastronómica, propósito personal que este año se ha marcado para poder pasar del consomé, la cantidad permitida de dulce es de 0,7 gramos, concluye.
- ¡Que aproveche! -le sorna primo Carmelo que se sienta frente a mí tanto a la derecha como a la izquierda- Tal exceso de moderación no puede ser saludable –sentencia.
Según la teoría de primo Carmelo la verdadera moderación consiste en cometer excesos con mesura, ya que, si ningún exceso es bueno, tampoco lo es el de comedimiento. Trosky está histérico, tiene la lengua como un colador, da vueltas sobre la alfombra como si realmente no alcanzase a morderse la cola. La paradójica teoría del orondo primo Carmelo lo tiene inflado de preguntas que no se atreve a compartir ante la imponente presencia de tía Concha.
- ¡Oh, por Dios! –dilapida la matriarca- esa cosa peluda tuya me está atacando los nervios, creo que me está alterando la tensión, no sé si para arriba o para abajo.
Afortunadamente otra conversación desvía la atención de todos. Tío Alberto recrimina a Edmond que le hayan echado de su puesto de creativo de una empresa financiera en Nueva York “después de todo lo que hemos invertido en tu educación”. Primo Edmundo se fue hace un par de años a la Gran Manzana para masterizar sus conocimientos de mercadotecnia. Como buen gusano, cambió su nombre por Edmond y su apellido por Eggface, pero no consiguió cambiar la pasmosidad ante la vida propia del cromosoma. Tras una breve incursión en el voraz mundo laboral estadounidense fue despedido aduciendo falta de iniciativa.
- La culpa no es mía –alega-, a mí nadie me dijo que tuviera que tener iniciativa.
Trosky está a punto de reventar, no puede contenerse a comentar tremenda defensa, pero la situación no se lo permite. Empieza a emitir variados ruidos guturales, llora, aulla, patalea…
- ¡Ya está bien! Llévate a esta abominable bestia de mi casa.
- No seas así, tía –defiendo-, si al menos le dieras alguna cosica para comer se entretendría y no daría tanta guerra.
- ¿Te crees que tengo pienso para perros en esta casa?
- Pero mira cuántas sobras… si las vas a tirar.
- ¡Ja! Lo que faltaba, darle comida de personas a un chucho pulgoso. ya está bastante gordo este perro tuyo.
- ¡Gordo! Pero si es un esqueleto.
- Parece mentira, Lalo Carahuevo, con todo lo leído que tú eres, que no hayas oído hablar de la teoría de la relatividad.
La perplejidad de mi rostro le lleva a explicar:
- ¡Todo es relativo! Si este bicho fuera un cordero o un lechón, estaría evidentemente arguellado, no habría donde sacar tajada. Pero siendo, como es, un parásito, toda hechura es mucha, al menos hasta que se digne a venir ese primo tuyo vietnamita al que no me canso de invitar. Todo es relativo.
Bajo el sillón hay una alfombra; bajo la alfombra hay una ficha de parchís; bajo la ficha de parchís hay un ácaro; bajo el ácaro se esconde Trosky con las orejas pegadísimas a los papos. Desde allí puede escuchar cómo tío Macario, con un exceso relativo de brandy, levanta la copa y nos felicita a todos efusivamente la Navidad.

