ACTO PRIMERO
Jueves. Once menos poquito de la mañana.
Buhardilla de Carahuevo y Trosky, 30 metros cuadrados todos en una sala. En la pared orientada al este: inodoro, lavabo, bañera (situada transversalmente y con mampara a modo de tabique) y sofá-cama con revistero y mesita de noche; en la enfrentada: cocina, electrodomésticos varios, ventana con tendedor; la cara norte cae en ángulo hasta casi encontrar el vértice; en la sur está la puerta; en el centro una mesa redonda sobre una gran alfombra de pésima calidad y peor gusto. En todo espacio aprovechable se encuentran estanterías, armarios, cajoneras, archivadoras de oficina y demás muebles de almacenamiento todos hijos de la recuperación. Decoración estilo la jodimos, concepto particular de orden.
Carahuevo, visiblemente nervioso, recorre el cubil recogiendo objetos y colocándolos en su sitio o improvisándoles uno. Trosky dormita en la alfombra los garbanzos del desayuno. Carahuevo pasa el cepillo al sofá. Trosky resopla con infinita paciencia. Carahuevo se cepilla la ropa que lleva puesta, los zapatos, el pelo, cepilla a Trosky que se revuelve, friega parte de la vajilla, limpia parte del baño, quita dos cosas de la mesa, aspira media alfombra… en su ansiedad no concluye ninguna faena. Trosky se despereza aturdido ante tanta actividad matutina, se rasca tras la oreja, Carahuevo le recrimina que la acaba de limpiar; abre un libro, Carahuevo se lo quita y lo vuelve a poner en su sitio; saca lapiceros de colores y un folio, Carahuevo deja de ordenar los discos compactos para recoger los lapiceros uno a uno junto a la hoja de papel y devolverlo todo al cajón que cierra en estrépito dejando constancia de su malestar. Trosky observa el proceso con abúlica resignación.
CARAHUEVO: Ya está bien, estate quieto. Lo haces todo para fastidiarme.
TROSKY: Ya estamos de jueves.
CARAHUEVO: Ni jueves ni juevas. Espera ahí paradico. Ahora salimos.
El perrico se tumba y hunde la cabeza entre las patas delanteras entornando los ojirris en sopor.
CARAHUEVO: De verdad que me tienes harto. No sé qué hacer contigo. Estás todo el día chinchando. Que si yo hago algo tú lo contrario, si limpio tú a desordenar, si digo algo tú a desdecirme, o a responderme con patrañas. No me mires así, ¿qué piensas?
TROSKY: Que me gustaría ser el que cobrara los impuestos por quejarse en este país.
Carahuevo infla la caja torácica disponiéndose a responder con decibelios y vehemencia cuando en la radio suenan las señales horarias de las once.
CARAHUEVO: Venga, vamos, a la calle.
A la velocidad del rayo, Carahuevo apaga el transistor, pone la correa al perro y se dirige a la puerta. En vez de abrirla queda estático ante ella, sin tocar el pomo y en expectante silencio.
TROSKY: ¿qué?
CARAHUEVO: Sssssh, calla.
Pasan los segundos.
TROSKY: (Con sorna en la sonrisa) Pero a qué esperamos. Tengo pis.
CARAHUEVO: Calla te digo.
TROSKY: (Hinchapelotas) ¿Por qué no salimos ya? Me meo.
CARAHUEVO: (Aparte) Trosky sabe bien por qué no salimos aún: jueves. Todos los jueves a las once de la mañana María pulsa en el portero el botón del 2ºE, su abuela le abre y ella sube hasta el rellano donde mi octogenaria vecina ya le espera junto a Marx (el fox terrier cuyo nombre responde a una lectura equivocada del título de la serie televisiva protagonizada por Alan Alda). Casualmente yo bajo entonces con Trosky, muy animoso y canturreando, les saludo cortésmente y mi vecina propone que salgamos juntos al parque. ¡Ay María! Ese rostro rosado y vital enmarcado por tu cabello azabache ensortijado; los ojillos vivos y tiernos, penetrantes y arrulladores; una sonrisa radiante que haría estremecerse a un notario; una piel estufica que de lejos cobija como una madriguera, un culete pino…
Se escucha cerrarse el portal de la entrada, Carhuevo cuenta despacio hasta siete, coge aire, abre la puerta. Salen.
ACTO SEGUNDO
Jueves. Once y poquito de la mañana.
Rellano del segundo.
MARÍA: ¡Trosky! Mira Marx, mira quién ha venido. Es Trosky, eh. ¿Estas contenta?
CARAHUEVO: (Aparte) ¿Marx es hembra?
MARÍA: Pero qué majico es este Trosky. Y qué limpico vienes hoy ¿Te has cepillado?
CARAHUEVO: (Aparte)¡Será hipócrita el chucho! Si se comporta como un auténtico perro ¿Cómo se deja achuchar y acariciar así, si el odia los mimos? Canalla. Y se pone meloso y todo, sólo le falta sacar la lengua. ¡¡No!! Esto es lo último ¡será baboso!
MARÍA: ¡Fuera esa correa! Los perros buenos no deben andar encadenados. Ya es casualidad que nos encontremos todos los jueves ¿eh, Trosky? (dirigiéndose a la abuela pero para que todos la escuchen) Para mí que el perrico espera a que salga Marx para hacerse el encontradizo.
ABUELA: Ji, ji.
TROSKY: Ji, ji.
MARX: ¡Guau!
CARAHUEVO: Ji, ji. (Aparte) Perro ponzoñoso.
ABUELA: Pues podemos ir todos juntos al parque.
TROSKY: ¡Uy! Nosotros poquito tiempo, vamos con premura: Carahuevo está imbuido en la limpieza del hogar, apenas tiene tiempo para el esparcimiento. (En tono confidencial) La verdad es que salimos en misión excretora, si me permiten decirlo así.
MARÍA: (A la abuela) ¡Qué cosa, cómo se expresa!
ABUELA: Para ser un perro… (A Carahuevo) Si quiere podemos llevarnos nosotras a Trosky y usted continúa con sus quehaceres.
CARAHUEVO: Bueno, no quisiera…
ABUELA: Pero si no es molestia, así Marx tiene con quien jugar.
CARAHUEVO: Bueno, es que…
TROSKY: De esta manera ya no te distraeré más en tu labor. (A María y la abuela) Un perro en medio siempre es un estorbo en las tareas domésticas, por más limpio y educado que éste sea.
ABUELA: No se hable más, señor Carahuevo. Nosotras nos llevamos a los perros y usted quédese tranquilo con sus cosas, no sé preocupe porque vaya suelto que a nosotras el guardia no nos dice nunca nada y Trosky es bien educado.
Las dos mujeres y los dos cánidos hacen mutis por la escalera. Carahuevo queda solo en medio del rellano, estupefacto, con una correa colgando de la mano.
CARAHUEVO: ¡Y que me pase esto todos los jueves!