Cap 4. Jueves

ACTO PRIMERO

Jueves. Once menos poquito de la mañana.

Buhardilla de Carahuevo y Trosky, 30 metros cuadrados todos en una sala. En la pared orientada al este: inodoro, lavabo, bañera (situada transversalmente y con mampara a modo de tabique) y sofá-cama con revistero y mesita de noche; en la enfrentada: cocina, electrodomésticos varios, ventana con tendedor; la cara norte cae en ángulo hasta casi encontrar el vértice; en la sur está la puerta; en el centro una mesa redonda sobre una gran alfombra de pésima calidad y peor gusto. En todo espacio aprovechable se encuentran estanterías, armarios, cajoneras, archivadoras de oficina y demás muebles de almacenamiento todos hijos de la recuperación. Decoración estilo la jodimos, concepto particular de orden.

Carahuevo, visiblemente nervioso, recorre el cubil recogiendo objetos y colocándolos en su sitio o improvisándoles uno. Trosky dormita en la alfombra los garbanzos del desayuno. Carahuevo pasa el cepillo al sofá. Trosky resopla con infinita paciencia. Carahuevo se cepilla la ropa que lleva puesta, los zapatos, el pelo, cepilla a Trosky que se revuelve, friega parte de la vajilla, limpia parte del baño, quita dos cosas de la mesa, aspira media alfombra… en su ansiedad no concluye ninguna faena. Trosky se despereza aturdido ante tanta actividad matutina, se rasca tras la oreja, Carahuevo le recrimina que la acaba de limpiar;  abre un libro, Carahuevo se lo quita y lo vuelve a poner en su sitio; saca lapiceros de colores y un folio, Carahuevo deja de ordenar los discos compactos para recoger los lapiceros uno a uno junto a la hoja de papel y devolverlo todo al cajón que cierra en estrépito dejando constancia de su malestar. Trosky observa el proceso con abúlica resignación.

CARAHUEVO: Ya está bien, estate quieto. Lo haces todo para fastidiarme.

TROSKY: Ya estamos de jueves.

CARAHUEVO: Ni jueves ni juevas. Espera ahí paradico. Ahora salimos.

El perrico se tumba y hunde la cabeza entre las patas delanteras entornando los ojirris en sopor.

CARAHUEVO: De verdad que me tienes harto. No sé qué hacer contigo. Estás todo el día chinchando. Que si yo hago algo tú lo contrario, si limpio tú a desordenar, si digo algo tú a desdecirme, o a responderme con patrañas. No me mires así, ¿qué piensas?

TROSKY: Que me gustaría ser el que cobrara los impuestos por quejarse en este país.

Carahuevo infla la caja torácica disponiéndose a responder con decibelios y vehemencia cuando en la radio suenan las señales horarias de las once.

CARAHUEVO: Venga, vamos, a la calle.

A la velocidad del rayo, Carahuevo apaga el transistor, pone la correa al perro y se dirige a la puerta. En vez de abrirla queda estático ante ella, sin tocar el pomo y en expectante silencio.

TROSKY: ¿qué?

CARAHUEVO: Sssssh, calla.

Pasan los segundos.

TROSKY: (Con sorna en la sonrisa) Pero a qué esperamos. Tengo pis.

CARAHUEVO: Calla te digo.

TROSKY: (Hinchapelotas) ¿Por qué no salimos ya? Me meo.

CARAHUEVO: (Aparte) Trosky sabe bien por qué no salimos aún: jueves. Todos los jueves a las once de la mañana María pulsa en el portero el botón del 2ºE, su abuela le abre y ella sube hasta el rellano donde mi octogenaria vecina ya le espera junto a Marx (el fox terrier cuyo nombre responde a una lectura equivocada del título de la serie televisiva protagonizada por Alan Alda). Casualmente yo bajo entonces con Trosky, muy animoso y canturreando, les saludo cortésmente y mi vecina propone que salgamos juntos al parque. ¡Ay María! Ese rostro rosado y vital enmarcado por tu cabello azabache ensortijado; los ojillos vivos y tiernos, penetrantes y arrulladores; una sonrisa radiante que haría estremecerse a un notario; una piel estufica que de lejos cobija como una madriguera, un culete pino…

Se escucha cerrarse el portal de la entrada, Carhuevo cuenta despacio hasta siete, coge aire, abre la puerta. Salen.

ACTO SEGUNDO

Jueves. Once y poquito de la mañana.

Rellano del segundo.

MARÍA: ¡Trosky! Mira Marx, mira quién ha venido. Es Trosky, eh. ¿Estas contenta?

CARAHUEVO: (Aparte) ¿Marx es hembra?

MARÍA: Pero qué majico es este Trosky. Y qué limpico vienes hoy ¿Te has cepillado?

CARAHUEVO: (Aparte)¡Será hipócrita el chucho! Si se comporta como un auténtico perro ¿Cómo se deja achuchar y acariciar así, si el odia los mimos? Canalla. Y se pone meloso y todo, sólo le falta sacar la lengua. ¡¡No!! Esto es lo último ¡será baboso!

MARÍA: ¡Fuera esa correa! Los perros buenos no deben andar encadenados. Ya es casualidad que nos encontremos todos los jueves ¿eh, Trosky? (dirigiéndose a la abuela pero para que todos la escuchen) Para mí que el perrico espera a que salga Marx para hacerse el encontradizo.

ABUELA: Ji, ji.

TROSKY: Ji, ji.

MARX: ¡Guau!

CARAHUEVO: Ji, ji. (Aparte) Perro ponzoñoso.

ABUELA: Pues podemos ir todos juntos al parque.

TROSKY: ¡Uy! Nosotros poquito tiempo, vamos con premura: Carahuevo está imbuido en la limpieza del hogar, apenas tiene tiempo para el esparcimiento. (En tono confidencial) La verdad es que salimos en misión excretora, si me permiten decirlo así.

MARÍA: (A la abuela) ¡Qué cosa, cómo se expresa!

ABUELA: Para ser un perro… (A Carahuevo) Si quiere podemos llevarnos nosotras a Trosky y usted continúa con sus quehaceres.

CARAHUEVO: Bueno, no quisiera…

ABUELA: Pero si no es molestia, así Marx tiene con quien jugar.

CARAHUEVO: Bueno, es que…

TROSKY: De esta manera ya no te distraeré más en tu labor. (A María y la abuela) Un perro en medio siempre es un estorbo en las tareas domésticas, por más limpio y educado que éste sea.

ABUELA: No se hable más, señor Carahuevo. Nosotras nos llevamos a los perros y usted quédese tranquilo con sus cosas, no sé preocupe porque vaya suelto que a nosotras el guardia no nos dice nunca nada y Trosky es bien educado.

Las dos mujeres y los dos cánidos hacen mutis por la escalera. Carahuevo queda solo en medio del rellano, estupefacto, con una correa colgando de la mano.

CARAHUEVO: ¡Y que me pase esto todos los jueves!

Cap 3. Qué herido diario

Al escribir, Trosky desparrama sobre la alfombra cuartos traseros y costillas, clava las articulaciones de sus patas delanteras y opera con las ante-patas. Gira la cabeza a uno y otro lado deslenguadamente; de su boca caen gruesos hilos de baba que constantemente succiona. Sujeta la libreta con una garra; con la otra aferra la estilográfica con muy mala traza. Araña la hoja con pluma y uñas a la vez produciendo estridencias criminales, como quien escribe sobre un encerado con una cuchilla de afeitar sin freno.

- ¡Vale ya, por dios!

- Y… ¡Ya! ¡Punto y final! ¿Quieres que te lea la primera página de mi diario?

Trosky ha empezado hoy su diario atacado de septiembrititis aguda. Todos los años a estas fechas se embarca en alguna aventura que exige ante todo constancia; este año, además, tesón. Normalmente canaliza su fiebre en coleccionables, fascículos y otros derivados de kiosco. Hasta que se enfrían los ardores.

De esta manera en casa tenemos media docena de muñequitas rusas huérfanas de varias generaciones, un atlas universal que ignora el hemisferio sur y una enciclopedia de arte que alcanza hasta el románico entre otras muchas muestras de obras inconclusas (algunas atroces, como la casita de muñecas sin cocina ni comedor).

Creo que esta enfermedad, junto a su inconstancia, es causante de la estructura de conocimiento confusa e inconexa de Trosky: su cerebro es un territorio minifundista con enormes ribazos por el que vaga sin rumbo un topillo esquizofrénico. Y ese saber defectuoso sobre las más variadas materias le lleva a conclusiones disparatadas. Así se lo explico.

- ¿Quieres que te lea mi diario o no? -insiste con súplica implícita de respuesta afirmativa.

- Pero ¿de verdad es un diario?

- Pues claro.

- Y vas a escribir todos los días.

- No… Varios días a la semana. Cuando me venga.

- Entonces no es un diario.

- Concedo: es un de-vez-en-cuando, ¿quieres que te lea?

Yo sé bien cómo va a concluir esta aventura. Ha comenzado su diario en un cuaderno nuevo y escribiendo con pluma estilográfica; durante las dos primeras semanas garrapateará en él de forma más o menos constante cuidando el estilo dentro de sus posibilidades; más tarde se secará la pluma por poca frecuencia de uso y descuidos de dejarla al aire y en el cuaderno se irán intercalando anotaciones que nada tendrán que ver con su vida interior: la lista de la compra, un número de teléfono, borrones de sudoku; en menos de dos meses habrá otro zarrio en casa del que se negará a desprenderse porque es su diario que algún día retomará. Dormirá en un cajón el sueño de los inútiles.

- Entonces ¿empiezo la lectura?

- ¿Tengo escapatoria?

- No. Comienzo: ¡Qué herido diario!

- ¿Eh?

- ¡Qué herido diario!

- ¿Estás tonto?

- No -deja de mover el rabo-. ¿Por qué?

- La formula es ‘querido diario’ no esa perorata engolada y ridícula tuya. Chucho tonto, ¿de verdad no lo sabías?

- No. Pero yo pensaba…

- Yo pensaba, yo creía son las hijas de doña Ignorancia.

- Pero es que yo creía que era así -y ya cobija el rabo entre las patas- porque en el diario te diriges a tu alma, y para acceder a ella tienes que introducirte por las grietas que abre el dolor, y…

- ¡Oh… Trosky! No es así. Es ‘querido diario’ y punto.

Barriendo el suelo con las orejas, Trosky deposita su cuaderno en el rincón más agudo de la buhardilla. Con dificultad, orina sobre él.

¿Acabo de aniquilar un sueño?

Cap 2. Moscardones en La Arcadia

Trosky, igual que Marx (el fox terrier del 2º E cuyo nombre responde a un recuerdo errónea del nombre de la teleserie protagonizada por Alan Alda, actor idolatrado por mi octogenaria vecina del 2º E), siente una repulsión enfermiza por el campo mezclada con una desconfianza febril hacía todo lo rural. Hoy la radio nos desayuna con un original debate con intervención de oyentes sobre ventajas e inconvenientes de vivir en el pueblo o en la ciudad (te luciste Peter White).

-¡Están tontos, están todos tontos, ¿cómo pueden decir que se irían a vivir ahora mismo al campo, que se tirarían al monte pero para labrarlo?!

De vez en cuando indago en el subconsciente de mi perro para ver si encuentro alguna reminiscencia de su origen salvaje, aunque sea en su código genético. Nada, está tan desnaturalizado como los policías (los perros policía digo). Una vez me hicieron dejar la mochila en el suelo para que un pastor alemán la olisqueara y comprobara si llevaba algún explosivo. El cánido de rostro impenetrable paso sin mutar el gesto. Ese mismo día, en otro control, un pastor belga de lo más juguetón se cercioró de que no cargaba drogas. Lo que me produjo una infinita tristeza es que  ninguno de los dos respondió a los efluvios del fabuloso bocadillo de chorizo que sí llevaba en mi mochila.

Desnaturalizados. Le explico estas cosas a mi perro.

-¡Qué desnaturalizados ni qué leches! -responde con menudo despertar-. Nadie en sus cabales renunciaría a la vida urbanita. Aquí se encuentra amplificado lo bueno del campo y en su justa medida lo bueno de la ciudad.

Hace algún tiempo dejé a Trosky durante un mes en el baserri (o caserío) de un amigo en Orozko, en Euskadi. Allí permanecía todo el tiempo que quería al aire libre; cuando llovía (cosa frecuente) o a la caída de la noche, o cuando a él le viniera en gana, podía refugiarse en un aprisco que compartía con medio centenar de ovejas, dos caballos ingleses, aves de corral y otros bichos. Además, por supuesto, con siente u ocho perros  -machos y hembras- con los que jugar, corretear, olisquearse, cazar…

-No me lo recuerdes ¡correr para comer, menudo atraso!

Yo tenía la convicción de que aquello sería para él un paraíso.

- ¿Qué puede tener de paradisíaco un lugar donde no recogen los excrementos del suelo, donde apenas hay esquinas o portales y sólo cuatro ruedas de tractor  para orinar, donde debes soportar veinticuatro horas a los mismos individuos de tu especie que no desprenden su hocico de tu…? Y ese bullicio de mamíferos y ovíparos y… ¡y el descaro indecoroso de frenéticas ménades caninas mostrando su sexo sangrante suponiendo en mi algún instinto de procreación! No señor, el ascetismo urbano es mejor. Aquí cada cual va al parque, de dimensiones más que suficientes, bien comidito y con su propio humano. Nos juntamos muchos más que cuatro: Sultán, Marx, Tobi, Elfo, Sid Vicius, Goebbels…

-Te tengo dicho que no te juntes con Goebbels.

- Nos reunimos una multitud de cánidos, pero manteniendo la compostura. Nos merodeamos lo justo, liamos un poco las correas y cada uno a la paz de su hogar.

El campo, tan mitificado por la mayor parte de la población perruna de esta ciudad (según se desprende de una encuesta del Ayuntamiento), es para Trosky compendio de todas las atrocidades higiénicas y sociales, un mundo con “exceso de moscardones” (no le incomoda la presencia, sino el exceso. O, más bien, la cercanía ). Yo añoro el pueblo con una nostalgia perenne que me impide encontrar cualquier atractivo a un mundo con mas omnívoros que rumiantes.

- “Un pueblo está formado por varias familias que viven en diferentes ciudades”, dijo una vez un lunático amante de los gatos -y repite ahora Trosky parafraseando a El Perich y sacando sus propias conclusiones-. ¿Qué hacéis? Volvéis de tanto en cuanto alargando las palabras , ladeando la cabeza y saludando con inusitados arranques de violencia física. ¡Moscardones!

Trosky termina sus pochas de desayuno y ya me espera en la puerta, con la correa en la boca, golpeando con su rabo arrítmicamente el sofá.

- Ahora vamos -le digo- cuando acabe de fregar.

Cap 1. Corona de lana

La afición a la lectura de mi perro Trosky se hace especialmente insoportable los días que le da por la filosofía.

Trosky es un perro pastor versión mil leches, sería bueno para las ovejas si no fuera raquíticamente enclenque, estúpidamente urbanita y un vago fundamentalista. Verlo pasando páginas con su pata flaca y su cara de pánfilo mientras carga la alfombra de pelos y pulgas ya sólo causa gracia a las visitas.

- A ti te gusta el teatro ¿verdad, Carahuevo?

¿Por qué tengo esta mala saña hoy con el perrico? Pobrete, si sólo es un chucho inofensivo; cuando los niños le tiran de las orejas ni se inmuta: se relame el hocico y espera. “Anda, arrima aquí Trosky”. Descansa su cabeza en mi pierna y repite:

- A ti te gusta el teatro ¿no?

- Diría que se encuentra en cabeza de mis deleitaciones.

- Pues igual deberías ir pensando en dejar el piso.

- Ni pienso.

No es la primera vez que intenta echarme de casa, un estudio de treinta metros le parece insuficiente para los dos y eso que para él son accesibles casi todos los rincones de la buhardilla. Le pregunto qué argumentos esgrime esta vez.

- Tú sabes que yo siempre he sido profundamente platónico…

Es la primera noticia que tengo.

-Pues bien, si como dice la televisión (cuestión que no vamos a poner en duda) habitamos en la república independiente de nuestra casa, no me queda más remedio que informarte con suma tristeza de que te tengo preparado un baño de mirra.

-  Explícate mejor.

- ¡Lo dice Platón! No me lo sé de carrerilla ¿sabes? -me dice mientras me acerca el libro en su boca- yo no me aprendo las cosas de reminiscencia.

Leo: “Cuando uno de esos actores, tan listos que saben imitar todo, nos visita y nos propone exhibirse él y su poesía, caeremos de rodillas y lo adoraremos como algo sagrado, dulce y maravilloso; pero también tendremos que informarle que en nuestro Estado no se le permite actuar. Y cuando lo hayamos untado en mirra y puesto una corona de lana en la cabeza, le mandaremos a otra ciudad”.

- Mirra he encontrado en la nevera, coronas de lana no hay, no existen.

Trosky se equivoca por partida doble: lo que ha encontrado en la nevera es birra y algunas aves, como las cardelinas, construyen sus nidos con paja y con lana que desprenden a las ovejas. Yo he visto alguno de esos nidos en los almendros y son auténticas coronas de lana. Le explico estas cosas a mi perro.

Mientras me baño en cerveza, me divierto imaginando a los poderosos y aristocráticos guardianes del Estado soñado y malogrado por Platón postrados ante el bululú que llega al pueblo arrastrando una carreta. Imagino sus ojos desorbitados, casi escapando de su rostro enjuto por inanición, absolutamente incrédulo ante las alabanzas y pleitesías que provoca su sola presencia ¡incluso sin actuar! y abandonando la ciudad deliciosamente perfumado, blandiendo una sonrisa agujereada y con una excitación que le hace olvidar que se va con más hambre que traía.

Yo, ni una carreta tengo. Me preparo el hatillo y me dispongo a marchar deliciosamente perfumado.

-Carahuevo -me reclama Trosky.

- Dime

- ¿Sabes?

- ¿Qué?

- Me comería ahora un platón de lentejas.

- ¿Y?

- Es que ya me he comido el mío… ¿Me vendes el tuyo?

Esta vez me salvo por los pelos.

-¿Qué es eso? -le pregunto.

- ¿El qué?

- Eso. ¿Has defecado en el sofá?

- No cambies de tema, ¿me vendes las lentejas o no?

- ¡Cómo aprovechaste tus diez minutos de reinado!