Cap 21. We can be heroes

Hoy me he levantado con un bajón que esto no lo endereza ni Bowie. Menos mal que ayer no reflexioné con exceso, si no hoy ni me levanto, ni me visto, ni me acerco al colegio a votar. No es porque sí que meten las urnas en los colegios. Tampoco es para que aprendan educación y conocimiento del medio como piensa mi perrico Trosky. Un votante botarate, con sus sufragios en un bolsillo de la camisa, anda por un pasillo empapelado con dibujos de trazos torpes con colores que se pasan de la raya y se siente invadido de futuro. El votante agudiza su sentido de la responsabilidad al ver esas batas enanas manchadas de pintura de dedos en perchas colocadas a 80 centímetros del suelo. Y, al dirigirse a la urna, tiene el votante que esquivar unos pupitres diminutos con sillitas como para sentar a un  ratón, y se siente enorme, gigante, y su voto de pronto podría ser como la canasta encestada sobre la bocina del último cuarto. Así que no es como piensa Trosky y las urnas siguen yendo al colegio porque siempre repiten aritmética. No. Antes podría ser para facilitar al votante una regresión a la infancia que le permita verse de repente con una carta color salmón para los Reyes Magos. ¿Y este sobre blanco? Para Papá Noel. Digo.

- ¿Y entonces te sentaste en las rodillas de la presidenta de mesa y le besaste en la mejilla?

- Después de compartirle mis deseos.

El votante botarate que soy yo explica a su perrico la experiencia del voto ya que la Junta Electoral ha vuelto a negar el acceso a los cánidos por muy civilizados que estos sean.

- Pues mira -prosigo mientras vamos del colegio a la plaza-, por un momento pensé a quién votar, pero al final vote a los de siempre con la misma indolencia de últimamente. Los nacionalismos volvieron a tentarme, diablos, con sus discursos guillermotelianos, pero como confundir identidad con ideología siempre me parecerá una desfachatez, pues ahí se quedaron.

- ¡Puaf! -me rebate Trosky- La misma idiotez que confundir ideología con identidad. El voto es absurdo lo mires como lo mires. Por eso yo me mantengo incólume en mi postura abstencionista. ¡Señora, de media vuelta! ¡No les vote! ¡Se da cuenta de qué tipo de democracia va usted a legitimar con su voto! ¡Menuda papeleta!

- Trosky, por favor, no des la nota. Si no puedes votar, pues te chinchas y te aguantas.

- El gran error del sistema es negar el voto a los perros y a los niños. De hecho, los niños deberían ser los únicos con voto, hasta los doce años, no más. Salga quien salga hoy de alcaldico jamás superará la gestión que podría hacer el insigne Calamardo.

Con semejante sentencia llegamos a la plaza, donde Gaznápiro y Urticaria observan a prudente distancia a los acampados.

- Nuestro objetivo es que si pasa alguien pueda decir: mira a estos dos -explica Gaznápiro-, a su edad y todavía con ímpetu para participar en las revueltas juveniles.

- Pero al mismo tiempo, si algún proletario auténtico como nosotros nos cuestiona -añade Urticaria- siempre podremos objetar: ¡Qué! ¡Nosotros participar de esta mascarada pequeñoburguesa!

- La misma estrategia seguimos en el 68, fuimos a París y nos quedamos en Orleans.

Trosky se muestra acorde con el sentir gaznapirourticario:

- Yo tampoco participaré nunca en una revuelta que no sea tremendamente burguesa. ¡Burguesérrima!

Yo pienso que el escepticismo nos sienta tan mal. No el escepticismo de pensar que todo deberá ser cribado por la autocrítica, de que toda ideología absoluta es absolutista, sino el que nos hace temer tanto la decepción que nos impide emocionarnos. Eso no es escepticismo sino catastrofismo.

- Llevo tanto tiempo afirmando en esta sociedad de mierda es tan imposible que se de un movimiento de verdad que ahora que sucede me niego a verlo -dice Gaznápiro.

- Te ha subido el vermú, compadre, no te dejes arrastrar por sus ansias de botellón, nosotros somos los que estamos sin estar, los que somos capaces de mirar con fraternidad y superioridad a un tiempo -se alarma Urticaria.

- Tanto hemos arreglado el mundo en charreta de bar -lloriquea Gaznápiro- que olvidamos que había vida más allá de la barra. ¡Dios, si hasta me parece que llevo el taburete pegado en el culo!

- Es que llevas el taburete pegado en tu culo gordo -dice Trosky por el megáfono-, y ¡deja de dar vueltas sobre ti mismo que ya has dejado a tres cojitos!

Porque entre una cosa y otra, y sin saber cómo ni por qué, Trosky ya se ha hecho con el megáfono, lo que demuestra la debilidad de este movimiento, que amplifica la voz a un bicho veleta con conocimiento disuelto como mi perrico Trosky. A ver qué dice.

-Posiblemente lo que yo diga les parecerá una tontería, porque yo no solamente soy un perro, sino que, además, soy un perro tonto, pero como yo sé que después de mi vendrán perros más listos que yo, e incluso alguna persona inteligente, que también debe haberla digo yo, que dirán cosas inteligentes, entonces, qué más da que yo no tenga nada muy importante que decir. Y yo solamente voy a decir naderías sin ton ni son porque la razón de que yo esté aquí es que estoy harto de mi dueño y de sus amigos. Porque  tengo un dueño sumamente aburrido, con un miedo terrible a ser o parecer poco inteligente, y un sentido del ridículo que le ha acogotado los huesos, porque el sentido del ridículo es un mecanismo de control atenazante, esterilizador y, lo que es peor, ¡aburrido!

En todo esto Gaznápiro y Urticaria ya han cogido papel y rotulador y han hecho sus dos pequeñitas pancartas. “Como decía Bowie: We can be heroes”, dice la de Gaznápiro. “Ibamos a París, pero ya nos hemos pasado tres pueblos, y lo que te rondaré”, ha escrito Urticaria.